28 marzo 2014

Palabreándote

           Siempre fuiste buena con tus manos. Dibujabas, hacías música… eras buena en el arte. Me regalabas dibujos. Yo todo lo que podía hacer por vos era entregarte cuentos, cartas, poesías… No sabía hacer otra cosa que ejercer la más bastarda de las artes, ya que si intenté hacer obras plásticas, no me atreví casi a dártelas por lo desastroso de su elaboración.
       
            Hoy me puse a ver lo que me diste. Tenías un trazo tan fino, tan preciso. Una línea que sabía qué hacer con un lápiz, que no descuidaba un segundo ningún detalle. Sentí un poco de envidia. Leí mis escritos, luego. Tuve tanta vergüenza ante la diferencia substancial entre ellos que pensé en comenzar un ambicioso proyecto.

            Tomé un lápiz y poniéndome frente a mi cuaderno, tracé tus palabras. Primero un contorno, suave, redondeado. Palabras delicadas y suaves para tu cuello, tu cabello, tus manos, todas aquellas que me hacían quedarme admirado por horas; y otras más pesadas y vulgares para tus pechos, tu sexo y tus curvas, que me hacían perder el pudor constantemente.

            Relajando un poco mi estado, me alejé un poco para contemplar mi obra. No estaba mal, pero todavía faltaba mucho. No podía dejar de mencionar ciertos aspectos, como la pequeña cicatriz entre tus costillas, tus pequeños pies, dedos. Palabras silenciosas y elocuentes a la vez me hablaban de tu boca, y de tu voz no pude hacer más que frases risueñas, finas como cinta de seda.

            Lo complicado fueron tus ojos. Los ojos son la ventana del alma, decía no se qué escritor, filósofo, vieja de barrio, etcétera. Siguiendo ese principio, no podía sólo limitarme a trazarlos. Debía darles su carácter. Usé frases profundas, conectores significativos y adjetivos simples e indescriptibles. Todo lo que callaban las palabras de tus labios, todo lo que no puse en ellos, lo plasmé en tu mirada, en tus párpados, la 
forma en que tus cejas se mueven y palabras saladas, mojadas en tus lágrimas.

            Me pasé meses en eso. Por días no pude casi terminarlo, frustrado, atrapado y a veces estando a punto de borrar todo y empezar de nuevo. Finalmente terminé tu aspecto.

            Pero faltaba algo.

            Hice algo bajo tu figura. Tus inseguridades. Tus miedos. Escribía con pasión sobre tus aburrimientos y tedioso tus amores. Escribí cómo dabas vueltas en la cama cuando te despertabas y cómo te ponés cuando te comparan con otra persona. Cómo es que pedís un abrazo y cómo sos cuando te enojás. Lo que te gusta, lo que odiás.

            Puse todo. Puse lo que amo de vos, lo que odio de vos y lo que no me molesta tanto.

            Me llevó años,  pero lo terminé esta mañana.

            Y ahora puedo ver tu expresión cuando ves cómo te dibujé con mis palabras.

Las otras

Esta idea se me ocurrió cuando estaba en la cama con mi mujer. Era temprano a la mañana, y miraba el techo mientras la luz de la mañana todavía no alcanzaba a entrar por la ventana. Sentía mi boca pastosa, el cabello grasoso y mi erección matutina empujaba las sábanas, como desperezándose, pidiendo una excusa para volver a descansar. Me di vuelta a mirar a mi esposa. Ella dormía casi profundamente. A cada rato temblaba ligeramente, desnuda bajo las sábanas. Iba a despertarla para atender a ese pedido de descanso que venía de mi entrepierna, pero cambié de idea. Temía una negativa, o un rechazo, o una discusión que no deseaba escuchar. Cualquiera sea el caso, todo parecía demasiado problemático por una petición que podía satisfacer yo mismo.

Poniendo manos a la obra, literalmente, me entregué a la tarea. Cerré los ojos y dejé que mi imaginación volara y que mi mano marcara el ritmo. Sin embargo, al cabo de un rato, desistí. De todos los escenarios que cruzaban por mi mente en ese momento de autosatisfacción, en ninguno de ellos estaba la persona que descansaba a mi lado. Avergonzado, comencé a reprochármelo: ¿Cómo podés hacer esto? ¿Es que no tenés corazón? Esta justo al lado tuyo ¿Qué pasaría si se enterara de que no estás pensando en ella? Te dejaría…

Luego no pude evitar que esa línea de pensamiento se continuara en un escenario imaginario en el que, en mi mente, yo había engañado a mi mujer con todas aquellas otras de mis fantasías. Se lo confesaba en una mesa del patio de comidas de algún shopping.

-¿Y? ¿Qué me querías contar? – me preguntaba mientras bajaba la hamburguesa de McDonald’s y jugueteaba con las papas fritas. Yo, por mi parte, tomé un trago de la Pepsi que venía con lo que sea de porquería que me tapaba las arterias y la miré.

- ¿Viste que hay veces en las que no estoy, que digo que tengo que corregir parciales, que me junto con la banda o que tengo reunión de cátedra?

-Sí… - me dijo mientras la sospecha se alzaba poco a poco en sus ojos marrones

-Bueno… no es tan así. Ninguna de esas veces

- ¿A qué te referís con eso? – Ya las lágrimas empezaban a aflorar, pero sonrió, como queriendo convencerse de sólo se imaginaba lo que le iba a decir.

Respiré hondo.

- A que te engañé. Te engañé. Te lo digo así, clarito, porque no encuentro una forma educada o suave de decírtelo.

- Pero… ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Con quién…? – La voz le temblaba y se le quebró en varias ocasiones, pero logró mantener la compostura.

Yo procedí a explicarle todo. Se lo dije con una voz tan inexpresiva que me hizo sorprenderme de mi frialdad. Le dije que hace rato que ya no la deseaba. Que por eso no me dio vergüenza o culpa hacer nada de lo que hice. Le dije que no se tenía que sorprender, porque yo había traicionado a otra mujer antes. Le conté de las veces que lo hice. Con quiénes. Con mi ex, con mis amigas, con sus amigas, con mis compañeras de trabajo… Dónde… En la ducha, en nuestra cama, en el auto, en el parque, en el baño del bar, en la oficina de la facultad… Yo seguía hablando a la vez que ella lloraba y sollozaba y yo hablaba y me explicaba y ella sollozaba y me reía y ella corría y le gritaba y me burlaba y…

- ¿Amor?

               Ella se había despertado y me había sacado de mi ensoñación. Entrecerraba los ojos y me miraba con preocupación.

- Te estaba diciendo buen día pero no me contestaste. Estás como zombi ¿Pasa algo?

               Yo le acaricié su pelo negro, increíblemente sin despeinar.

- Nada, amor, no pasa nada.

- Bueno, aparentemente sí pasa algo – dijo mirando mi entrepierna con una sonrisa.


               Yo la besé e hicimos el amor. Mientras lo hacíamos, volví a engañarla. Y quizás ella me engañaba también.

29 diciembre 2013

Aku

               Fue al despertarte. Abriste los ojos  y te desperezaste. Por la ventana entraba la luz de un amanecer carmesí. Bostezaste y te estiraste a la mesa de luz para buscar fuego. El reloj digital marcaba las seis y cuatro de la mañana. Te sentaste en la cama y desde la radio sonaba un tema de los Doors que te hacía acordar a cuando eras adolescente y te robabas el Falcon rojo de tu viejo para salir de joda con tus amigos.  Eso era cuando recién empezabas a tomar… sangría fue lo primero, que tu compadre preparaba en botellas de Fanta naranja con Termidor. También fue la época en la que empezaste a fumar.
               Con eso se cortó el hilo de tus pensamientos y te volvió el ansia. Abriste el cajón y sacaste el mechero. Los puchos estaban en el bolsillo de tu saco, al lado de la puerta de la habitación. La calidad del hotel (bah, digamos, del telo) era ligeramente superior a su precio, lo que no era mucho decir. Te recostaste contra el dintel, entre los focos infrarrojos que hacían parecer todo como un gran cuarto oscuro. Mientras fumabas, pensabas en el patético intento de las luces de infundir erotismo al tiempo que cubría las manchas duras en el suelo y en el acolchado. Por un segundo, te hipnotizaste viendo las volutas de humo que flotaban en el calor húmedo de la habitación. Las viste formar figuras imposibles, oníricas y surrealistas.
                 Al rato te aburriste y por detrás de la cortina, la viste acostada en la cama. El sudor se condensaba en su piel pálida, casi gris, y la sábana le cubría solamente los pies y una pequeña porción de sus hombros. Te fascinaba su cabello del color del fuego, que surgía de su cabeza y se extendía bajo su cuerpo como un lecho de lava. Parecía chorrear en el piso de tan abundante que era. Mientras te entretenías en esas contemplaciones, los recuerdos de la noche anterior pasaban vivos por tu cabeza: labios, lenguas entrelazadas, dos cuerpos que eran uno, labios rojos otra vez, una agonía, un sentimiento frío y una explosión de placer. Era todo lo que te venía a la mente en ese momento. Inocentemente, atribuiste la pequeña amnesia al vino tinto y a la pepa que compartieron la noche anterior.
               Con un bostezo te enderezaste. Tus pies descalzos acariciaban la alfombra cerúlea, haciéndole desprender pequeñas tormentas de polvo que se adherían a tu piel desnuda. Deslizándote lentamente a través del calor, fuiste hacia el baño. A cada paso que dabas, a cada segundo, tu cabeza viajaba. Cada lento siglo de tu movimiento te llevaba cada vez más cerca de la puerta bordó. Empujaste el frío picaporte y entraste.
               Tropezaste con los azulejos húmedos y caíste al suelo. Al enderezarte, apoyándote en el lavatorio, sentiste el fuerte olor a putrefacción que salía de quién sabe dónde. Abriste el botiquín (que parecía no tener espejo), pero ahí no estaba la causa. Luego bajaste la vista a la pileta de porcelana blanca. Entre los caños, entre el óxido de las griferías, había manchas. Manchas rojas. Por los bordes blancos del sumidero bajaban líneas rojizas que desaparecían en la oscuridad del desagüe. Con asombro y algo de miedo, quizás, seguiste el rastro bermellón que se arrastraba desde la entrada del cuarto hasta la bañadera. La cortina estaba manchada del mismo color que el resto del cuarto. Rojo. El olor a podredumbre era más fuerte allí, incluso. Con manos temblorosas, corriste las cortinas. Y si no vomitaste, fue porque tu estómago estaba vacío.
               En ese momento comprendiste todo. Los recuerdos fugaces eran algo más que una noche de sexo lisérgico. La piel de ella era pálida, casi gris, por una razón. Lo rojo que la envolvía y chorreaba en el suelo no era su cabello. Comprendiste el olor a putrefacción. Comprendiste el no verte en el espejo. Comprendiste el rojo. Todo el rojo
               Viste tu cuerpo en la bañadera, prácticamente sumergido en un líquido casi negro formado de tus fluidos corporales. Viste tus facciones putrefactas al punto de que sólo te reconociste gracias al tatuaje en tu hombro derecho. Viste las venas de tus muñecas abiertas a tal punto que tus manos colgaban apenas del hueso. Viste tu piel, tus ojos, tu boca, recorridas por moscas que se alimentaban de tus restos muertos y podridos en el húmedo aire de verano. 
Fue entonces cuando, antes de desmayarte, te diste cuenta de que el rojo que había estado durante toda tu vida, ahora te acompañaba más allá de su final.

16 noviembre 2013

Confesión

“Hola. Perdón por no haberte hablado en tanto tiempo, pero son raras las veces que siento la necesidad de pasarme por acá. Digamos que no trae muy buenos recuerdos para ninguno de los dos, ¿no? Como sea, hay muchas cosas que quiero decirte. Quizás lo debería haber hecho antes. O quizás nunca, se me hace que te rompo demasiado las bolas con este tema. Bueno, lo importante es que vine, y ya que estamos, te lo voy a decir. Tranquila, no me voy a quedar mucho. Un ratito nomás y te dejo de joder.

Hoy me senté a ver el álbum. Ese viejo álbum que tiene las fotos de esa vieja época, cuando jugábamos juntos, ¿te acordás? Na, seguramente no. O sea, yo debo ser el único de los dos con esas inquietudes. O sea, imaginate. Pasaron años de eso. Yo estaba muy distinto entonces. Era más bonito. Pero vos seguís estando igual. Al menos sé que siempre lo vas a estar en mi cabeza. El punto es que mientras pasaba las fotos me di cuenta que cuando las veía no podía recordar… el sentimiento. No se me ocurre la razón, pero a medida que miraba las imágenes, parecían cosas que le habían pasado a otra persona hace mucho tiempo atrás, alguien que conocí junto con alguien que nunca llegué a conocer bien. Eran dos extraños sonriendo en una lámina de cartón.

Eso me hizo acordarme de algo que hablé con una chica my especial hace poco. Si la conocés y todo. Le conté lo que me pasaba y ella me dijo lo que había visto. Cómo éramos nosotros. Que parecíamos desconocidos, porque ninguno sabía nada del otro. Estábamos juntos, no “amábamos”, pero no nos conocimos. Y me di cuenta que en algo tiene razón. Siempre que quise saber algo de tu vida, me esquivabas la pregunta o me dabas respuestas vagas. Igual que vos nunca me preguntabas cosas sobre mí.

Y tuvo que pasar eso. Tuve que hacer esa cosa horrible para que te des cuenta. Recién cuando nos separamos, empezaste a interesarte. Escuchaste los discos que te di. Te tomaste el tiempo de leer lo que te escribía. Empezaste a aparecer en mi vida como no habías estado antes, y me forzabas a estar en la tuya. Pero lejos de hacerme feliz, eso me entristeció. Porque pensé que tal vez todo podría haber terminado bien si hubiéramos sido capaces de romper ese muro entre los dos.

Eso me hace preguntarme ¿Qué fui yo para vos? ¿Un amigo? ¿Una pareja? ¿Un trofeo? Esas cuestiones daban vuelta por mi cabeza. No las soportaba. A pesar de todo, no podía dormir por tras de eso. Y ahora que te maté, no voy a poder saber más la respuesta.

Pero eso ya no me importa. Lo que quería decir es que ya es tarde para querer reparar las cosas. He seguido adelante y creo que soy feliz, a pesar de todo. Nada dura para siempre y mucho menos lo nuestro. Pero siempre me voy a acordar de vos con algo de cariño.

Ahora me voy. No creo que volvamos a vernos.”


El cadáver salpicó un poco de escarcha cuando el hombre salió, cerrando la puerta del freezer.

26 octubre 2013

Monocoloquio

- ¿Hay alguien?
-Sí, estoy yo ¿A quién esperabas?
- No, no sé… por ahí había alguien más y tenía ganas de escucharlo
- ¿Qué? ¿Te cansaste ya de mí?
- No, no es eso. Es que tanto tiempo acá, solos, me…
- ¿Te qué?
- …me aburre un poco
- Bueno, es común. Tanto tiempo solo con la misma persona es agotador.
- No, no digás eso
- ¿Por qué? Es la verdad. El ser humano no se hizo para vivir todo el tiempo con una sola persona, y vos lo sabés. Primero es todo entusiasmo, si la persona te cae bien. Luego es vacío. No hay nada qué decirse. Luego es aburrimiento. Que se convierte en bronca. Luego en odio. Y eventualmente uno le saca los ojos al otro con una cuchara.
- Sí, puede ser…
- Más vale que puede ser…
-…
-…
- Aunque no siempre
- ¿Por?
- Yo no te tengo bronca.
- Es porque nunca te caí bien, por eso.
- Nunca dije que me caías mal
- No, pero se te nota. Tenés una forma de mirarme que deja a traslucir tu desconfianza.
- …
- Y ahora me vas a dar la razón, como siempre.
- ¿Y qué querés que haga? No tenés idea cómo me revienta que siempre salgás teniendo la razón.
- Y sin embargo no hacés nada.
- ¿Qué puedo hacer?
- Podrías haberme matado hace rato…
-…
- … como dijiste que ibas a hacer…
-…
- ¿O te diste cuenta de la verdad?
-…
- Si me matás te quedas solo, campeón. Y si hay algo a lo que realmente le tenés miedo es a quedarte solo.
- Yo no tengo miedo.
- (Ríe) No, claro… vos nunca tenés miedo. No tuviste miedo por vos cuando se te vino toda la mierda encima. No actuaste por miedo cuando llegaste acá. No fue por miedo tuyo que yo estoy con vos.
- Dejate de joder ¿querés? Yo no puedo tener miedo.
- ¿Por qué no?
- Porque si empiezo a sentir miedo todo se va a poner incluso más para la mierda de lo que ya está. Si empiezo a tener miedo, no voy a poder evitar sacarlo para afuera. Y si lo saco, todos se van a dar cuenta de lo que soy.
- Un cagón
- Sí… No… Bah, no sé… Sé que a veces tengo miedo. Una persona sin miedo no es más que un impostor. No creo que sea un cagón. Tengo el mismo miedo que todos los demás. Sólo que cambia según la situación en que estés. En mi caso, ese miedo crece todos los días. Si no fuera por vos, se me iría todo al carajo. Y de ahí no hay vuelta atrás
- Ah, miralo vos… Al changuito le está funcionando la cabeza. Pero cuidarte de no usarla mucho, pensar en exceso hace mal. Si no mirá a todos los intelectuales. Todos se mataron o murieron solos y deprimidos.
- ¿Pero puedo hacer otra cosa acá?
- Podés hablar conmigo
- ¿Y eso de qué me sirve? Me deprimo, me siento para la mierda y  lo peor es la impotencia de tener que bancarte porque no tengo otra salida.
- …
- Ya no sé qué hacer…
- Bueno… si pudiera ver esta situación desde fuera, diría que mejor solo que mal acompañado, pero realmente no funciona, ya que nadie sabe lo que es estar realmente solo. Vos lo sabés, y te mata por dentro ¿no?
-…
- Parecido a lo que hiciste.
- ¿Qué?
- Sí, eso que hiciste. La razón por la que estamos acá, teniendo esta conversación.
- Callate...
- Ah, ¿no te gusta que te lo recuerden? Ya es tarde, papilo. Ya te mandaste la cagada, pecho.
- Te digo que te callés.
- Si me callo es lo mismo. No te podés ocultar de lo que hiciste. Tus manos están manchadas hace rato y no hay nada con lo que te las podás lavar.
- Hijo de puta…
- Uh, empezamos con las hostilidades ¿Me querés hacer pensar que súbitamente me odiás? No me podés odiar más que a vos mismo en este momento. Y digamos que es muy difícil.
- ¡CALLATE, LA PUTA QUE TE PARIÓ, CALLATE!
- ¿O qué? ¿Me vas a matar cómo a ellos?
- …
- Sé que no lo vas a hacer, te conozco hace mucho y además no ten…
- Andate…
- ¿Qué?
- Que te vayas…
- Creo que no estás pensando bien ahora...
- Estoy pensando perfectamente. No te necesito más acá. Si se me va a pudrir aún más la cabeza, prefiero que no haya nadie más para verlo.
- Vos sabés que lo voy a ver igual ¿no?
- No me importa.
- Te vas a arrepentir después.
- ¿Por qué?
- Porque si me voy… te vas a dar cuenta que siempre estuviste solo. Que nadie estuvo con vos en ningún momento. Que todo esto lo hiciste para no volverte loco, aunque no podés admitir que ya perdiste la cabeza.
- …
- ¿Seguro que esto es lo que querés?
- Dejame…
- …
- …
- chau, hermano.

               
       Y se fue. Se fue del lugar donde nunca había estado, dejando a la mitad una conversación que nunca había existido. Sólo dejó tras de sí, la soledad y la locura de un asesino.

15 octubre 2013

Cielo de Primavera

En el cielo, las grandes bestias se movían con una gran lentitud. Lentitud casi elegante. Proyectaban una sombra que tapa por completo al sol y hacían parecer el día nublado. Miré hacia arriba y vi como los grandes dragones surcaban el cielo, como danzando entre ellos, recorriendo en círculos un firmamento infinito. Mi cabeza daba vuelta una y otra vez tratando de abarcar con la vista ese gran espectáculo. Deseé tener ojos en la nuca para poder ver el cielo por completo y para que mi visión pudiera captar tal magnificencia. Empezaron a escucharse los rugidos, cada vez más fuertes; y sus grandes alas batían el aire a cada vez más velocidad. El viento se arremolinó a mi alrededor, levantando hojas, ramas, cardos. Los gruñidos de las gigantescas criaturas retumbaban en mis oídos cada vez más cerca. Cada vez más fuerte.

Comenzó a llover.

Desde dentro de la casa, mi vieja me llama.

Dejá de mirar las nubes que te vas a empapar, dice

08 junio 2013

Amor carnal a primera vista

Era perfecta. Apenas la vio, sintió como su corazón latía con fuerza y como lo enloquecía contemplar sus ojos, la cascada negra de su pelo, sus largas piernas y su piel blanca y suave. Lo había fascinado. Su belleza era celestial incluso bajo la luz de los fluorescentes.
Se sintió muy triste cuando se fue. La siguió. La encontró y esperó hasta lo noche para verla cara a cara (la vigilaban con mucho recelo). Movió tierra, rompió puertas, pero al fin pudo encontrarse con ella. Su cuerpo parecía brillar en la oscuridad de la habitación en la que estuvieron juntos. Él no pudo contenerse más. Mordió su brazo y empezó a devorarla lentamente, oculto por las sombras del mausoleo.

Día de la Madre

El cuarto estaba a oscuras, clausurado. La ventana estaba cerrada con tablas y el olor a cerrado era invasivo. El hombre arrojó el arma inservible y sostuvo a su hija en sus brazos. Trataba con todo su esfuerzo que la niña no note el miedo con el que observaba la puerta atrancada. La pequeña tironeó de sumanga y le preguntó:
- ¿Papi?
- ¿Sí, amor?
- ¿Cuándo se va a morir mamá?
El hombre no supo qué contestar. Los golpes empezaron a escucharse en la puerta

Más o Menos

Camino y me detengo; parado en medio de la plaza, y no sé por qué me acuerdo de vos. Es raro pero obvio que la duda me surja casi inmediata. Vos me conocés y te acordás que casi siempre se me da por filosofar, pero las cosas en las que pensaba eran muy ajenas. Y podés creer que justo ahora me agarra...
Se me ocurrió pensar qué pasa cuando se termina una relación, Y no sé cómo abordarlo, excepto con lo que nos pasó a nosotros dos, claro.
Me acordé cómo me ponía mal al principio. No aceptaba nada y tenía adentro tanta bronca y tristeza que con solo acordarme de tu cara me venían ganas de matarme. Con el tiempo creo que me puse mejor. Ya podía salir tranquilo a la calle y descubrir que la vida sigue. Que el hecho de que se termine un amor no significa que se termine el mundo, ni mucho menos. El no saber qué pasó con vos me ayudó también, supongo.
¿Ahora? No sé. El otro día me llamaste. Creo que tengo algo de nostalgia. Cuando me hablás te puedo responder con toda naturalidad. Pero hay algo. Algo que se impone después, como un silencio ominoso.

Te digo que estoy bien.

Aunque no sé muy bien cómo estoy.

10 abril 2013

Monstruo


               Encerrado. Acechado. Esa fue mi realidad. Toda mi vida he sufrido el acecho de una criatura que mora en los rincones más oscuros, que ha estropeado mi ser, mi existencia y todo lo que soy. Demasiado asustado para luchar contra ella, he caído en sus garras una y otra vez ofreciendo la menor resistencia posible, embriagándome en sus nocivas posibilidades, dejándome envolver por su malevolencia hasta quedar extasiado, horrorizado… ¿solo? Sus egoístas y seductoras palabras hacen que me envuelva a mi mismo en la negligencia, en el oprobio, y que aleje de mí a todos los que alguna vez amé  o me amaron.

 Pero no, no quiero. No quiero a la bestia, pero ésta no me deja ni a sol ni a sombra. Estoy a su merced, sometido a su voluntad y a sus caprichos.

               La apariencia del monstruo no me es extraña. Es solo otra cosa que me resisto a ver por el horror, la perversión, falsedad y obscenidad de su mirada. Porque, para ver la cara del monstruo, solo debo mirar un espejo.

26 marzo 2013

Bosque


Bosque


Hace ocho años vine a vivir a esta casa, que construyó mi viejo. El lugar en donde se encuentra está rodeado de vegetación. Justo atrás del alambrado que marca el fin del terreno hay una muy cerrada plantación de limones, que se extiende hasta un bosque, un enorme bosque, donde el viento silba por las noches entre sus ramas, como el lamento de un antiguo dios de la naturaleza. Lejos de sentirme asustado o amedrentado, su inmensidad me atraía como nunca.

Pasaba las horas allí, explorando, maravillándome por sus sonidos, aromas y colores y trepándome a las copas de los árboles, donde yacía como un hijo más de la naturaleza, contemplando la obra bajo mis pies y sumiéndome en mis pensamientos. Era un placer pasear por los túneles de vegetación y caer al arroyo cristalino, seguirlo hasta encontrar nuevos escenarios, lugares impensados y darse cuenta cómo lugares que parecían lejanísimos estaban al alcance de lo que parecían pocos pasos a través de aquella arbolada. Había compartido tanto con aquel sitio, que me sentía cada vez más allegado a su espíritu. Había sido el lugar que me había acogido en mis momentos de pensamiento más profundos, en mis horas de soledad más largas y en mis jolgorios más salvajes.

Todo cambió con el tiempo

El campo de limones fue abandonado por la citrícola. Con el tiempo, dejaron de cuidarlo. Más tarde, una constructora adquirió ese terreno y lo talaron por completo, dejando atrás una triste llanura de tierra antes fértil y los mutilados troncos de los pobres limoneros, con su sangre arbórea salpicando el suelo que antes los había hecho crecer. Cercaron todo para traer sus infernales máquinas que levantaron horribles edificios de concreto en su lugar. Pero no tocaron el bosque. Éste quedó del otro lado de la valla de alambres.

Si bien al principio me aventuraba a volver, con la llama de mi espíritu aún quemando por arribar, con el alambrado llegaron los guardias de seguridad y sus perros, lo que hicieron muy difícil el paso. Con el tiempo, mi pasión por ese lugar y la naturaleza se fue apagando, ayudado por la dificultad que proponía llegar, una ligera adicción a las nuevas tecnologías y la apatía sobre todo el asunto que suele llegarnos cuando crecemos. Me olvidé del bosque para seguir una vida monótona y aburrida de adolescente normal, sin ningún tipo de sorpresas ni más profundidad que un vaso de agua.

Entonces un día pasó. Tuve el sueño. Fue una noche en la que había una tormenta particularmente fuerte. El viento aullaba con una fuerza impresionante, volteando tejas y árboles. La lluvia inundaba los desniveles y golpeaba furiosamente contra las ventanas, y los relámpagos llenaban la casa con su resplandor de luz blanca cegadora. Esa noche encendí la radio e intenté dormirme con pésimo resultado. Estaba asustado. Me puse a leer para distraerme hasta que el sueño me venció y me entregó a una extraña realidad onírica.

No parecía haberme dormido. Mi habitación se veía exactamente igual y afuera la lluvia arreciaba, cada vez más fuerte. Nada parecía haber cambiado… excepto porque no podía moverme. Intenté levantarme de la cama, pero me fue imposible. Mi cuerpo estaba como aferrado a sí mismo por una película invisible, como si todo mi cuerpo, junto con mis extremidades fuera una sola pieza lisa, sin ningún tipo de apéndice. Intenté hablar, pero mis labios estaban completamente sellados, y mis cuerdas vocales se sentían llenas de arena. Lo único que podía hacer era mover mis ojos para ver a mi alrededor. Estaba asustado, pero no fue nada comparado con lo que sucedió después. Un relámpago iluminó la habitación por un segundo, y vi, en una esquina de la habitación, una figura. Al principio, pensé que era producto de mi imaginación, pero a medida que la tormenta se hacía cada vez más fuerte, los relámpagos aumentaban y la figura se acercaba cada vez más hacia mi cama… yo luchaba desesperado, en vano, por moverme, salir de mi cama, gritar, pero ninguno de mis miembros respondía. Al acercarse, pude ver con claridad a la… cosa. Era completamente… deforme… Su cuerpo era delgado, torcido… lleno de arrugas y nudos como un árbol. Su rostro era gris, con grandes ojos negros y pequeñas pupilas verdes que brillaban en la oscuridad. Puso su horrible y arrugado rostro tan cerca del mío que podía escuchar el quejido de sus huesos y sus arrugas… Por un segundo, no intenté nada, hipnotizado por su mirada… luego la criatura me quitó las sábanas, dejando descubierto mi pecho. Intenté, enloquecido, zafarme. Sentía mis cuerdas vocales desgarradas por el esfuerzo. Podía jurar que la criatura sentía mi desesperación, pero sus movimientos tan lentos y pasivos me aterraban y aceleraban aún más. Con premura, puso uno de sus largos y afilados dedos sobre mi pecho y empezó a recorrerlo, desgarrando mi piel allí donde la tocaba… Los gritos al fin salieron de mi garganta, desgarradores, aterrados, al mismo tiempo que la tormenta destrozaba mi ventana y un remolino de hojas, viento y agua entraban en el cuarto como un huracán…

Desperté cubierto de sudor… la tormenta había pasado y mi cuarto estaba exactamente igual que siempre. Aliviado, me volví a acostar, aún tembloroso por la pesadilla. Giré en la cama e inmediatamente sentí un dolor agudo en mi lado derecho. Curioso, me levanté y me vi en el espejo… para ver una cicatriz en forma de un carácter extraño en el mismo lugar donde me había tocado la criatura del sueño.

Creo que me desmayé…

Todas las noches fueron así. Tenía terror de dormirme, por miedo a soñar de nuevo con esa figura terrorífica. Cada vez que intentaba hablarle a alguien de ello, no podía, me acompañaba la misma sensación que durante el sueño, esa sensación de no poder hablar, de no poder moverme. Empecé a probar que darme despierto, pastillas y drogas para dormir sin soñar… probé todo, pero fue en vano. Todas las noches era vencido por el sueño. La criatura llegó una y otra vez, marcando todas las noches otra letra en mi pecho, mientras yo no podía hacer más que observar con horror e intentar retorcerme de dolor, sin conseguirlo.

La última noche llegó, y con ella, la más intensa de todas mis pesadillas. El monstruo apareció, pero fue distinto. En lugar de aparecer desde la esquina, como siempre, apareció junto a mi cama, observándome con sus ojos verdes, fijamente clavados en los míos. Yo estaba hipnotizado, ni siquiera intenté hacer nada cuando garabateó la última letra en mi pecho. Luego, habló. Habló con su redonda y negra boca, similar a los nudos de la corteza de los árboles, y su voz era como el crujido de mil selvas, como el chillido de animales moribundos:

“Nadie… escapa…”

               Hoy ya no sé qué hacer… mi vida es un infierno… Las noches son lo de menos… pero durante los días es cuando más sufro. Me persigue… adonde sea que vaya, esa cosa, ese monstruo, siempre está ahí, observándome. Nadie más que yo parece verlo, y temo haber perdido la razón… y de repente comprendo. Comprendo el mensaje grabado en mi pecho. Entiendo todo, todo. Mi risa de desquiciado retumba en las paredes de mi abandonado hogar, y destrozo todos los espejos de casa, lastimando mis manos, mientras el monstruo de tronco me observa, impasible. Una vez todos destruidos, continúo riendo mientras con la sangre de mis manos escribo en la pared las mismas, las mismas palabras en mi pecho, esa escritura que me condenó, por ese ser que me llevó a la locura. Y cuando finalizo, con los últimos estertores de mi risa, siento mi vida escaparse entre mis manos tan rápido como mi cordura. Me desplomo sobre el suelo mientras la criatura murmura con la voz de los dioses del bosque, como el viento silbando entre las hojas de los árboles y contemplo las palabras escritas en carmesí:

“Nunca dejes el bosque”

10 junio 2011

Carta a Vos mismo

¿Nunca lo imaginaste, verdad? No, por supuesto, no podías verlo venir. Nadie pudo. Pero ahora te ves a vos mismo envuelto en algo de lo que no vas a poder salir sin perder. Te lo advertí. Desde el principio te lo dije. Te dije que deberías haber hecho. Adonde deberías haber pisado. Qué lado deberías haber abrazado. Pero no. Nunca me haces caso, ¿verdad?
                Típico. Nunca lo hiciste ¿Hace cuantos años que te conozco? ¿Seis, siete años? Y aún así te conozco mejor que vos mismo. Es increíble.
                Cuando empezaste a ignorarme, es el momento en que menos deberías haberlo hecho. La cagaste. Una y otra vez. Diste un paso en falso después de otro. Incluso cuando empezabas a hacer las cosas bien, inevitablemente hacías algo que tiraba por tierra todo lo que habías logrado.
                La traicionaste. Lo sabes. Y se que te carcome por dentro. Puedo ver lo que te pasa. Soy parte de vos y veo como cada vez que repasas el momento en que fallaste, te invade un sentimiento de asco hacia vos mismo. Te detestás. Y me detestás. Porque sabés que yo tenía razón. Siempre lo supiste. Pero decidiste ignorarme, por el solo hecho de que pensabas de que podías hacerlo solo.
 No podés. Esa es la verdad. Nunca pudiste. Para algo estoy yo aquí. Aparte de que nos odiemos mutuamente, tenés que recordar que dependemos uno del otro. No podes existir sin mí así como yo sin vos no existo. Somos uno. Siempre lo fuimos.
                Ella lo sabía. La otra también… nunca lo pensaste. Esos sentimientos que quedaban dentro tuyo se fueron de control, ¿no es cierto? Aguantaste bien. Hasta que se salió de control. Y una vez que empezaste no pudiste parar. No podías. Veías lo que pasaba, pero era como si no fueras vos. Como si vieras un film, y vos solo fueras un desafortunado espectador. Nunca quisiste hacerlo. Al menos te diste cuanta de lo que sucedía y frenaste antes de que fuera demasiado tarde. El problema es que la culpa por haberlo siquiera intentado te va a perseguir. SIEMPRE.
                Pero ahora tenés que callar. Tenés que cerrar la boca, sonreír y seguir adelante. Eso nunca sucedió. No es verdad. Fue solo una pesadilla. Te vas a dar cuenta con el tiempo de que todo fue una farsa de tu mente. Si nunca pasó, nunca lastimará a nadie, ¿verdad?
                Ya tocaste fondo. No sabés que hacer con eso. Es difícil, lo sé. Pero lo mismo tenés que levantar la cabeza y seguir adelante. Porque no hay otra. Y quiero que sepas que voy a estar ahí para ayudarte. Si algo aparece por ahí a joderte, voy a salir a reventarlo, que no te quepa la menor duda. Porque te necesito. Ya aunque no lo admitas, me necesitas.
Nos vemos afuera
Joaquín

08 abril 2011

Nada

El anciano señor Fernández miró sus manos arrugadas… miró el polvo acumulado a su alrededor. Observó con la vista cansada los desvencijados volúmenes en los estantes en las paredes del cuarto.
“Hoy son cuarenta años” se dijo con la voz ronca, arenosa. Lo curioso es que, por más que hiciera memoria, no recordaba qué había ocurrido hace cuarenta años exactamente. Su memoria llegaba solo hasta lo que había ocurrido esa mañana. Recordaba otros detalles de su vida: sabía que se encontraba en su casa. Tenía la certeza de acordarse de su nombre, de los días de su juventud, de su cumpleaños número cincuenta y cuatro… Lo que ignoraba era lo ocurrido en los últimos años. Era como si su memoria hubiera estado envuelta en bruma por un largo tiempo.  Como si sus recuerdos más recientes se hubieran convertido en una nebulosa gris y por más que buscara en ella solo encontraba voces distantes, colores sueltos, rostros indistintos y ninguna sensación cálida. Solo un recuerdo era completamente nítido:
            Desde una ventana de su casa, Fernández observaba a una mujer. Ella vestía un abrigo marrón y llevaba un par de valijas en las manos. Caminaba apresuradamente hacia un Ford Falcon azul que estaba estacionado frente a la calle. Su pelo marrón se movía acorde a ella caminaba a paso apresurado. Abrió el baúl del auto y puso allí las valijas. Luego giró hasta ver directamente hacia los ojos de Fernández, como si ella supiera… no, fehacientemente sabía que él estaba allí. Su rostro pálido era bello, pero triste. No sería mayor de cincuenta años. Él pudo ver como las lágrimas resbalaban de sus ojos castaños. La vio susurrar una palabra… “perdóname”…
            La imagen se fue tan instantáneamente como llegó, como si fuera una cinta de película rota. Las preguntas empezaron a agolparse en la mente del anciano. Preguntas que sabía que no tendrían respuesta.
            Se levantó de su silla. Sus rodillas crujieron como bisagras oxidadas, provocándole un relámpago de dolor intenso. Con un gemido ahogado, cayó al suelo, sorprendido. Esa era la primera vez que le pasaba… al menos que él pudiera recordar. Desde el suelo pudo ver el bastón bajo la silla. Se arrastró hasta asirlo y así pudo enderezarse.
            Ahora, finalmente de pie, pudo caminar con dificultad (sentía punzadas de dolor en la pierna izquierda, probablemente por la caída). Cruzando la puerta, llegó a la sala de estar. Los grandes ventanales, otrora hermosos, ahora dejaban entrar poca de la luz del día nublado a través de sus mugrientos cristales. “Los malvones solían ser preciosos” recordó con tristeza don Fernández observando las macetas junto a los ventanales. De sus plantas solo quedaban guiñapos marchitos que caían tristemente al suelo.
            De repente su mirada se vio atraída por un lugar en el salón. Contra una de las paredes, estaba clavada una pequeña estantería de madera. Sobre ella había varias fotos. En ellas aparecían él, unos niños y varias personas que no pudo identificar. Una le llamó la atención. Era él, lo sabía. Habrá tenido unos treinta años en la foto. Estaba en un prado, sonriente. Estaba abrazado a una mujer… la mujer del recuerdo…
            Lo triste de esta historia es que Fernández olvidará todo esto al día siguiente. Su Alzheimer le carcome la mente cada vez más. El no lo sabe. Nunca lo sabrá. Nunca averiguará que él una vez tuvo familia. Que fue feliz. Que tuvo amigos. Nunca sabrá que su edad actual es de ochenta y siete años.
            Nunca sabrá que su esposa lo abandonó en su casa, huyendo en el Falcon que él ya no podía conducir por el avance de su enfermedad, hace exactamente cuarenta años.

04 abril 2011

Delirio

¿Saben que? Jodanse. No quiero sus palabras de consejo ahora. Es muy tarde. Ya nada de lo que digan o hagan puede impedirme que haga lo que debo hacer. Ya estoy lejos de toda ayuda. Incluso de ayudarme a mi mismo. Ya no puedo volver atras... no puedo... simplemente no tengootra opcion mas que la de seguir.
Si, es descabellado. Mi acto de a continuacion es enfermo, bizarro, asquerosamente vil, pero... ¿Quienes son ustedes para juzgarme?¿Acaso piensan que yo quise terminar asi?¿Acaso piensan que de haber sabido como acabaria todo esto, no habría escapado cuando tenia la oportunidad? "Siempre hay una oportunidad"... ¡¡¡MENTIRA!!!  Si solo ustedes supieran por lo que tuve que pasar, lo que me hizo hacer esto. No tienen la más minima idea de lo que es mi vida, mi calvario, mi Infierno.
Quitarme la vida no ayudará en nada. Incluso en los momentos mas profundos de mi locura, esa idea cruzó por mi cabeza, como un alivio a todo este pesar, todo este veneno que me corroe la razón, pero eso solo haría mi situación más insostenible...
Yo no queria esto... no quería... ellos me obligaron... tonto, imbecil, ciego. Debi haberlo sabido. Debi haber sabido que en sus manos solo me convertiría en una pieza de ajedrez, una marioneta sin voluntad, empujada por manos impiadosas a cometer los actos mas impíos imaginables por el ser humano.
Hoy es mi última noche. Cumpliré con este último acto y será todo. Desde que supe lo que tenían planeado hacerme cometer, no pude dormir. No pude ni siquiera mirarme al espejo. Si ahora lo que queda de mi persona es una cascara vacía de lo que solía ser un ser humano ¿qué sera de mi una vez que termine todo esto? Si hubiera algun Dios que pudiera ayudarme, rezaría. Pero mi vida es la prueba de que tal ser superior no existe.Y si existe, no le preocupamos.
Oh, no. Es la hora. Debo hacerlo. Sino, las consecuencias serán peores. Mierda, no quiero hacerlo ¡¡¡¡NO PUEDO!!!! Pero debo... y se que estos son mis últimos momentos de cordura...

01 febrero 2011

Sangre (Parte III)

Nunca me había preparado tanto para una sola presa. Ni siquiera para Fernández. Tenía un plan y había de seguirlo a la perfección. De lo contrario, mi secreto sería descubierto por todos, yo sería expulsado, o peor, juzgado y encarcelado. No podía permitirlo.
Mientras me vestía, ocultaba en mis ropas lo que habría de usar esa noche para ejecutar mis propósitos. No pude evitar mirarme en el espejo antes de salir. No me gusta alardear, pero me veía bastante bien aquella noche. El traje se ajustaba a la perfección a mi cuerpo. Mi pelo negro brillaba bajo las luces del foco y mis ojos negros tenían esa chispa de siempre. Perfecto. Debía verme lo mejor posible.
Tomé un taxi y llegué al salón. En la puerta, todo transcurrió con normalidad. Cuando entré, podía sentir como todas las cabezas giraban para verme. Estoy seguro que ninguno de los invitados esperaba verme allí. Además, considerando mi aspecto, no creo que la mayoría me haya reconocido hasta la segunda mirada. Es verdad que estaba muy cambiado.
- ¡¡Eh, Joaquín!!
            Seguí esa voz y vi como José me llamaba con la mano levantada desde una mesa al fondo del salón.
- ¿Como andás, che? -  me dijo una vez que llegué. Reparé que los que ocupaban la mesa eran todos los marginados que, por alguna razón desconocida (quizá similar a la mía), habían sido invitados.
            Entre sus rostros reconocí a mi presa. 1 metro sesenta y dos. Enormes ojos castaños. Pelo negro y corto. Hermosa figura… y fijación por mí. Su nombre era Constanza.
            Descubrí sus sentimientos el hace mucho. Estábamos juntos en la clase de arte. Pude notar como me observaba desde el fondo de la clase. No tarde en darme cuenta que se había enamorado de mí. Cada vez que le hablaba se ruborizaba y entreveraba las palabras al hablar. Sería un idiota si no usara eso a mi favor.
            Los otros hablaban estupideces, como de costumbre. Yo seguía la conversación, pero trataba de que no se notaran en mi rostro, mis expresiones y mi voz las intenciones que tenia sobre Misa.
            Pasaron todos los actos idiotas de aquellas fiestas. El video… las velitas… el vals… cuando llegó el momento del baile tuve que contener mi ansiedad… todavía no… después….
            En la segunda parte del baile, aproveché mi oportunidad… me acerqué a ella por detrás…
- Coni… - le dije, susurrando en su oído. No pude evitar sonreír al notar su estremecimiento – tengo que hablar con vos un momento…
Ella se dio vuelta y me siguió… al llegar a la mesa, tome un par de copas de la mesa, las llené y le di una a ella…
- Aquí no – dije – vamos afuera…
            El salón tenía una puerta de vidrio que daba a un jardín exterior. En la pared del fondo del mismo, había un agujero que daba a un galpón abandonado.
Hacia allí la llevé
- ¿Qué querías decirme? – me preguntó con un dejo de esperanza en la voz
- En realidad… dije eso solamente porque quería estar a solas con vos… - dije, poniendo mi mejor expresión de timidez…
- ¿En serio? – dijo, y pude ver como sus ojos adquirían un brillo de ilusión… tuve que contener la risa….
Empecé a acercarme a ella, cada vez mas, hasta que mi rostro quedo a milímetros del suyo…pude sentir el sonido de su respiración y como su corazón se aceleraba rápidamente…
- Hace mucho que quería estar con vos a solas…
- Yo… tengo algo que decirte… - me dijo y se sonrojo… - Estoy enamorada de vos desde séptimo grado…
            Sonreí… en ese momento aproveché su momento de debilidad.  La tomé entre mis brazos y la besé… hasta que ella dejo de responder…
            La aparte de mi y comprobé que se había quedado inconsciente. Perfecto… el somnífero que había introducido en su copa hecho efecto… la alcé entre mis brazos y la llevé al galpón.
            Allí estaban las cosas que había llevado la noche anterior: la camilla, el suero, los frascos y los utensilios de cirugía. La puse sobre la camilla… el foco del techo iluminaba su pelo…
- Te vas a sentir tan confundida cuando despiertes… bueno… si es que despertás alguna vez, preciosa…
            Me puse los guantes, le conecté el suero y tomé el bisturí… hora de cosechar…

Sangre (Parte II)

Así comenzó todo. En cuanto al Dr. Fernández, nadie pregunto por él. Era un hombre solitario, casi un ermitaño. En cierta forma me recordaba a mí mismo. Luego de enviar a su secretaria una carta (naturalmente, escrita por mi) diciendo que se jubilaba y que cerraba el consultorio, todo estuvo limpiamente hecho. A veces lamentaba tener que haberlo matado, pero recordé que él conocía mi secreto… además, su sangre era deliciosa… 
Como dije antes, me habían dado el alta de mi terapia, así que mis padres estaban un poco más tranquilos. Pero, para dar la impresión de que el tratamiento realmente había funcionado, empecé a integrarme con gente en la escuela.
Era una secundaria común y corriente. Otra escuela pública más, con sus clásicas divisiones sociales entre alumnos. Populares, normales y marginados sociales.
Los populares eran toda una piara de imbéciles, que solo vivían para sus deportes, los bailes, las bromas pesadas y pensando cada día como seguir siendo así. Tarados…
Los normales, como lo decía su nombre, estaban en la escala de lo socialmente aceptable para esa edad. Pero, a pesar de que intente integrarme, siempre me miraron con extrañeza. Deje de intentar cuando vi que solo podían sobrevivir lamiéndole las botas a los populares. Resultaron ser unos pusilánimes.
Entre los marginados encontré mi lugar. Es extraño como el grupo más apartado suele ser el más maduro  y que luego consigue más éxito en la vida. La popularidad de los demás no sirve en el mundo real.
Los marginados eran el más heterogéneo grupo que se podría haber encontrado. Iban desde rockers, emos, darks y fanáticos de dibujos japoneses a chicos normales que se negaban a seguir la línea de los populares.
Y entre ellos, disimulado, uno que no entraba en ninguno de esos subgrupos. Entre los marginados me creyeron su presa… nunca sospecharon que yo era su depredador…
Viví mucho entre ellos. El éxtasis que me provoco el provoco el probar la sangre de Fernández persistía, así que me veía forzado a buscar presas frescas. Paradójicamente, no podía casi conseguirlo. Casi todos vivían con sus familias. No podía arriesgarme a matar a nadie. Hasta que….
- Pss… Joaquín….
- ¿Qué queres, José?- dije dándome vuelta para observar a mi…. “amigo”
            José era uno de los chicos normales opuesto a los populares. Era demasiado vivaz para mi gusto. O quizás yo era demasiado sombrío. No lo se. Cuando el murió, extrañamente no lo lamenté. Creo que imaginaran por que…
Ese día estaba mas emocionado que de costumbre. Vino con su estúpida mirada entusiasta de siempre y con un pedazo de papel en la mano.
- ¿Adivina que es esto? - me dijo sacudiendo el rectángulo de cartulina frente a mis ojos
- ¿Algo que va a terminar trabado en tu garganta si no me decís que es? – dije con la mejor cara de desinterés fingido que pude
- Es una invitación al quince de Agostina… - dijo y sonrió al ver mi cara de sorpresa (auténtica esa vez). – dice que es en…
            En ese momento deje de escucharlo… porque había tenido una epifanía… ya sabía como conseguir lo que buscaba… saciar mi sed…

Sangre (Parte I)

Siempre tuve esa idea fija en la cabeza. Sangre. Desde chico incluso solía rasparme los brazos o las manos para sentir en mi boca su sabor a gloria. Los otros niños se alejaban de mí, asustados. Yo no era malo ni nada en mi comportamiento sugería que era peligroso para alguien. Pero ellos lo intuían. Se quedaban en un rincón del patio, observándome con miedo mientras me relamía las palmas de las manos. En esa etapa de mi vida carecí de amigos y gente que me comprendiera. Sinceramente, no me importo mucho, o no lo recuerdo. Era solo un niño con sed, entretenido en su propio mundo.
Luego, pasó mi adolescencia. Mi… “adicción” no había disminuido… es más había aumentado. Ya buscaba cualquier excusa para poder acceder al delicioso néctar de mis venas, no importara lo bizarra o extraña que fuera.
Mi vida era tranquila hasta que llegó la libreta de calificaciones. Mis notas eran inmejorables, las mejores de toda la escuela, pero, según la anotación de la psicopedagoga yo tenía “problemas para relacionarme con el resto del alumnado”, así que mis padres, por preocupación, me mandaron a un analista. Dr. Alfredo Fernández… Lo odiaba. Me preguntaba cosas, cosas que nadie más debería saber. Me miraba con esos ojos muertos y fríos que parecían escudriñar mi mente hasta el último rincón. De todas formas, le seguí la corriente.
Un día, sin razón aparente, me dieron de alta. Volvía a mi vida normal. Creo que en algo ayudó la terapia, ya que conseguí relacionarme con las demás personas. Casi se podría haber dicho que mi “adicción” había desaparecido.
Pero no solo no lo hizo. También mi odio hacia ese hombre me había casi consumido la razón. No podía dormir por las noches pensando que, después de todo, el conocía mi plan, mi secreto. A la perfección. Entonces no lo soporté más.
 Un día salí de mi casa a la noche, tarde. Fui a buscarlo. Lo encontré en su casa, leyendo uno de sus libros. Fui hasta la caja de luz y corté los cables. Aprovechando su confusión, use un alambre fara forzar la cerradura. Solo un insignificante “clic” se escuchó. Entré a su casa. En la oscuridad, podía oír sus movimientos desesperados y torpes, mi piel sentía la tensión en la atmósfera, podía saborear su sudor en el aire, pero pude oler otra cosa, un aroma amargo, pero increíblemente cautivador… miedo. Oh si, él sabía que yo estaba allí. Él sabía a que había ido. Y supo que a partir de ese momento, él había muerto. Lo encontré acurrucado en un rincón, con un cuchillo en las manos. Trató de defenderse, de apuñalarme… pero no le di tiempo. Lo golpeé en el rostro y en el estómago, luego le quité el cuchillo y lo agarré del cuello. Pude sentir como su sangre manaba frenéticamente por la yugular y enloquecí. Aferré mi arma y la clavé repetidamente en su abdomen, hasta que sentí como mi mano entraba en contacto con sus entrañas. Lugo, como dominado por una furia demencial, abrí un tajo en su cuello y empecé a beber su sangre. Fue la primera vez que tomé de otra persona.

13 enero 2011

El Olvidado

"Ya no me duelen todas las cosas que ayer me podian molestar"  Árbol-El fantasma
Me levanto. El sol se filtra por entre las raídas cortinas azules de mi cuarto. Me levanto y me visto con las últimas ropas que usé. Salgo descalzo a la calle. A juzgar por los apretados abrigos de las personas, hace mucho frío, aunque no puedo sentirlo. Veo a Don Miño jugando con Juan al truco. Nunca aprendí como se jugaba. Siento que la gente me atraviesa. Voy a la plaza y miro a mi alrededor. Los pájaros cantan, los chicos andan en sus bicicletas mientras piden a sus madres dinero para golosinas. Está todo tan alegre y tan lleno de vida que me pierdo en mis pensamientos… entonces la veo. Gabriela está sentada en un banco, esperando. Me siento a su lado. Ella no puede verme ni oírme. Veo que llega Pedro, y la saluda con un beso y se van los dos juntos. En ese momento no puedo con mi misma envidia de vivir de nuevo y tomo el lugar de Pedro y entonces puedo sentirla, en su mágico abrazo. Cruzamos la calle. El semáforo cumple su horario y pone el verde. Caminamos hasta un bar y hablamos… el café caliente resbala por mi garganta. No sé lo que digo y ella ríe. Oh, Dios, que dulce es esa risa… podría quedarme ahí todo la vida, con ella. Dice que le recuerdo a un amigo que la dejó hace tiempo y que ella lo extraña mucho. No puedo evitar sonreír. Me dejo llevar. Caminamos por las calles vacías del centro y nos encontramos al frente de una escuela con mis viejos amigos… Nos quedamos conversando con ellos y decidimos ir a dar una vuelta. Paramos a cenar y bromeamos y reímos todo el tiempo. Cuando nos despedimos, La acompaño hasta su casa. Gabriela me besa y me saluda dulcemente…pero de repente vuelvo a tomar conciencia. No puedo quedarme ahí. Estoy viviendo la vida de otra persona. Eso no es justo. Dejo su cuerpo y vago por el parque vacío en la fría noche de invierno, teniéndola a ella todavía en mis pensamientos. La noche cae sobre la ciudad y me quedo sentado en un banco, hasta que amanezca ¿Qué es lo que hizo esto? ¿Por qué estoy destinado a vagar sin rumbo durante toda la eternidad? ¿Qué es lo que quiere Dios de mí? No lo sé… no sé porque he dejado este mundo para ser un fantasma.

12 enero 2011

Extraño

Otra vez. Siempre la misma historia. Querría que algún día se terminara. Todos los días salir. Al sol. Al día. A fingir algo que no soy. Todos los días a cruzarme con gente que no volveré a ver en mi vida, o que, de hacerlo, no me recordarán y seré solamente una cara más en la multitud.
                Luego mi trabajo. Todo el día sentado frente a una pantalla, al igual que mis compañeros. Trabajando mediocremente, al igual que mis compañeros. Pensando en sobrevivir un día más en la mediocridad, como mis compañeros. Sonriéndole e intentando caerles bien a personas cuya capacidad e inteligencia están por mucho más abajo que la mía, pero que pueden hacer con mi vida lo que les plazca. Los detesto. Me siento una oveja más de este rebaño descerebrado.
                Pero luego cae la tarde. Y al atardecer, me transformo. Rompo brutalmente la máscara que me vi obligado a usar para vivir en esta sociedad. Y con ella caen mis inhibiciones. Mis miedos. Soy puro instinto. Mis venas son inundadas por la adrenalina.
                Y me suelto. Hago lo que me plazca, sin preocuparme por las consecuencias. Soy un animal recorriendo las calles. Soy imparable. Soy yo.
                En la noche, mi transformación se acentúa. Ya nada importa. Es como si no hubiera un mañana. Trepo por los edificios, como si pura energía fuera bombeada por mi corazón e inhalada por mis pulmones. Corro en los techos y salto sobre los callejones.
No sé si inconscientemente, pero me dirijo a su casa. Descolgándome por la pared, puedo verla por la ventana. Dioses, es tan hermosa. Mi vergüenza es lo único que me frena  a entrar, tomarla en mis brazos, decirle cuánto la amo y besarla. Ella no me ama. Ni siquiera sabe que existo. Tristemente, mi destino es observarla desde aquí. Es todo lo que podré alcanzar…
Desde una colina, observo como el alba se despliega sobre la ciudad. ¿por qué no puedo ser así durante el día?¿Por qué me dejo dominar por los demás?¿por qué no puedo amarla? ¿por qué no puedo ser yo mismo?
No lo sé. Quizás porque nadie se lo planteó nunca. Quizás porque trabajar para caerle bien a los demás es parte de quién somos. Quizás estanos para siempre obligados a usar esa máscara que nos oculta. Y los que no lo hagan serán parios, marginados, extraños. Quizás por la simple razón de que nadie puede ser como es realmente.

Y nuestra máscara se convierte en nosotros.

El Suicida

Si, ya lo sé. Me lo dijeron muchas veces. Pero les repito de nuevo. No estoy loco
        Si ustedes tuvieran noción alguna de mis razones, lo entenderían. No tienen idea lo que vi, lo que sentí, lo que viví. No podrían comprender jamás por qué esta es la mejor solución.
Mis amigos ya no están, mi familia tampoco, ni siquiera yo mismo. Soy solo una cáscara llena de recuerdos, un manojo de nervios, unas palabras en el aire y venas ponzoñosas. Ya no tengo sentimientos, voluntad, nada con que asirme a la vida.
Por eso estoy aquí. Es increíble que haya podido escapar. No sé cuanto corrí desde el hospital hasta este lugar, pero ya no importa. Es otra cosa que no vale la pena saber.
Es increíble como uno recuerda las cosas antes de partir. Recuerdo a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos perdidos… y a ella. Pero es inútil recordar lo que ya no es. Así, mientras salto al fondo del acantilado, mis pensamientos acaecen.
¿En qué pensar antes de morir? ¿En ella? Ella no estaría nunca conmigo en un momento así. ¿Pensar en Dios? Dios no existe. Es solo una excusa que inventamos para darnos falsas esperanzas.
Quizás sea que todo lo que hay en la vida es este momento. Todas las cosas que hice en el pasado ya no importan. Todos pasaremos por lo mismo. Me recuerda una frase que leí en un libro alguna vez: “Todo lo que hacemos es polvo y nada. Todo lo que decimos no es más que silencio”

Casi no siento el impacto