04 septiembre 2015

Mesías rojos

Cuando el Pueblo estaba en peligro, allí estuvo el Mesías para salvarlo. 
Sin embargo, el Mesías no era único, sino que se dividió y comenzó a guerrear contra sí mismo, convencido de que cada una de sus partes tenía una mejor forma de salvar al Pueblo, llevando a una gran disputa que terminaría por dividirlo para siempre en partes que eran inútiles.
Él Pueblo, asustado, decidió alejarse del (los) confuso(s) Mesías y prefirió seguir con la unificada seguridad de sus Tiranos que, al fin y al cabo, eran corruptos y maliciosos, pero mucho menos frustrantes.

Tribulaciones de las Almas y las Letras

Quise comprender
Por qué
Sin tener que saber
el qué, el cómo, el donde
sin saber los múltiples caminos
y los pasos en falso que dan los conceptos

En fantasías de estar en
la Dama de Hierro
volaba lejos de todo
en caballos de tinta y lápiz
de viñetas, globos y ciertos guiones gloriosos
pero las fantasías no dan de comer.

La literatura tampoco da mucho
para llenar el buche
mucho menos enseñando
mucho menos en esta universidad
mucho menos en este país
mucho menos en este gobierno

24 agosto 2015

El Tirano Sonríe

Solía existir un reino en el que el Pueblo podía decidir por su futuro y al que le importaba el porvenir como conjunto y de cada uno de los individuos. Luego llegó el Tirano, y pensó que esta actitud no le hacía bien al Pueblo.
Y el Tirano estaba triste.

Entonces el Tirano decidió que le quitaría al Pueblo esa actitud. Le dio migas y sumas mínimas de dinero al Pueblo por nada, para que no tuviera que trabajar. Aprobó a todos los alumnos en las escuelas sin estudiar, para que no tuvieran que aprender. Enriqueció y puso en el poder a sus amigos, para que no tuviera que debatir. Dejó que los Guardianes del Pueblo lo dejaran a merced de la delincuencia, para que no se quisiera rebelar. Por último, teniendo al Pueblo vago, ignorante, sometido, asustado y obediente, le dijo a quién elegir, para que no le hiciera falta pensar en votar. Así, el Tirano se hizo en el poder y así se mantuvo.

Así el Tirano sonreía.

El Tirano compró castillos, compró empresas, el Tirano se enriqueció a costa del impuesto del Pueblo que ciegamente lo amaba y asimiló su poder a costa de otros Tiranos que lo apoyaban.

El Tirano sonreía.

Sin embargo, pasaron los años y el Pueblo empezó a despertar. Empezó a cuestionar. Empezó a no escuchar al Tirano y a querer decidir por sí mismo.

El Tirano tuvo miedo.

El Tirano envió a sus Esbirros contra el Pueblo. El Pueblo se volvió a someter, para luego volver más fuerte y más independiente. Y se acercó el momento de elegir a otro rey.

El Tirano tuvo miedo.

El Tirano envió a sus Esbirros a socavar las elecciones. A mentir, a robar votos, a amenazar, a quemar urnas, a hacer hasta lo indecible por mantener su poder en el reino. La voluntad de la gente fue pisoteada, vapuleada, fueron engañados, burlados, insultados como lo habían sido tantas veces en el pasado. El Pueblo no dio más y marchó al castillo del Tirano para destituirlo de su poder. Sin embargo, el Tirano todavía controlaba a sus Esbirros, como los voceros del Pueblo (que decían lo que él quería); a los Punteros del Tirano, que controlaba y amenazaban a la gente para conservar el poder del amo al que servían; y a sus Guardianes, corruptos, pero leales al dinero que él les otorgaba. Amparado en su impunidad, pues, envió a sus Guardianes contra la población. Y uno a uno los vio caer frente a él. Uno a uno los vio derrumbarse y volver a levantarse, para volver a ser derrumbados por el bastón de su autoridad.

El Tirano sonríe.

Pero en el fondo de su pecho, bajo sus manos que robaban y la falsas sonrisa que usaba cuando oflaba, el Tirano tiene miedo. Porque sabe que el Pueblo no olvida. El Pueblo no olvida.


Y el Tirano tiene miedo.

06 agosto 2015

1. Génesis

En un principio, no existía nada. 

Luego hubo una explosión en algún lugar del vacío de información. 

El hombre, en su vasto deseo de conectarse, había creado Internet. 

En el primer momento, creo los códigos HTML y HTTP, y vio que eso era bueno. 

En el segundo momento, le dio forma y nombre a la WorldWideWeb, y vio que eso era bueno.

En el tercer momento, le mostró a sus pares su creación y todos fueron libres de compartirla. Empezaba surgir una pujante y alegre comunidad de gente que empezó a conocerse y a experimentar con esta bella herramienta, y el hombre vio que eso era bueno. 

En el cuarto momento, las grandes compañías se apoderaron de los dominios y comenzaron a crear lugares masivos en ella para que todos, parias, mundanos y especiales pudieran comunicarse y compartir entre ellos, especialmente si antes pagaban una modesta suma. El hombre recibió paga y vio que esto era bueno.

En el quinto momento, ocurrió la explosión, donde casi todo el mundo podía gozar de la luz del Internet. Sin embargo, los Reyes temían Internet y empezaron a imponer leyes y a encarcelar a los que antes habían circulado con libertad por ella. Y el hombre sintió miedo.

En el sexto momento, se creó la Deep Web, donde los rechazados pretendían refugiarse de los Reyes, atrayendo a criminales, frenéticos, locos y pervertidos; a la vez que surgían las redes sociales, para que todos pudieran comunicarse entre sí evitando la molestia de verse y conocerse. 

En el séptimo momento, el hombre se dedicó a disfrutar del Internet, estando cada vez más conectado y más solo, cada vez más informado e ignorante, cada vez más despierto y dormido, cada vez más rebelde y gobernado.

16 julio 2015

Fachadas

Un hombre camina con su familia en la calle. De repente, se detiene frente a la pared de un edificio público recién refaccionado y hace como si apoyara su espalda en ésta. “Ayer había un negro así acá”, decía mientras hacía ademán de apoyar el pie en el muro. “Gente de mierda, hay que pegarles un tiro en la cabeza a todos. Así hay que hacer”.

Mientras lo veía alejarse, pensé en ese hombre y en todas las personas que comparten su opinión respecto a la limpieza de los espacios públicos y la defensa de los mismos. Vi como estos amantes de la pulcritud, altivos paladines de la pureza marchaban por las calles y tomaban el poder en pos de destruir a aquellos que mancillaran sus ideales con un poco de tierrita en el látex de las paredes. Vi los cambios en la ciudad, el francotirador en cada mural, la tasa de mortandad por las nubes, las veredas machadas de sangre y tripas (pero las vallas limpitas, ¿eh?), y la ley que obligaba a los ciudadanos a circular en medias por la vía pública.

Por horas me quedé en el lugar pensando en esto, hasta que me sentí cansado y me apoyé en la pared para descansar. Casi instintivamente apoyé el pie en la pared. Al tiempo que hacía esto, pasó el mismo hombre que me incitó a mis reflexiones. Lo miré, me miró, y por un momento esperé que sacara una 38 y me abriera un agujero en la sien por el crimen que estaba cometiendo. Pero sólo me miró feo y pasó de largo, por lo que puedo concluir que era sólo otro pusilánime.

Me tranquilicé, pero tampoco puedo dejar de pensar que el problema no es el pie en la pared sino la falta de melanina en mi piel.

25 abril 2015

Fragmento IV (Traducido del Japonés)

El pueblo japonés siempre estuvo orgulloso de su practicidad. Aplicamos el método de adoctrinamiento en las sandías: en cuanto la fruta aparece, se le encierra en un cuadrante para que adquiera una forma cómoda para su traslado y ubicación. De ésta forma, la sandía se convierte en un activo y útil miembro de la sociedad.

Tales avances en el campo de las ciencias educativas alentaron a muchos teóricos de la nación y de todo el mundo a investigar, dando fruto a una rama de la pedagogía dedicada especialmente a la agricultura. De esta escuela podemos rescatar obras tales como “Dialéctica entre el tomate y el fertilizante” de Friederich Niegel, campesino austríaco; y “Piaget para pepinos”, del fundador del movimiento, el agricultor japonés Hayako Nikihisa.

Sin embargo, tal escuela no considera a los tuberculos como sujetos susceptibles a ser adoctrinados, ya que escapan a todo método de enseñanza aplicable.


¿Qué más puede esperarse de algo que crece desde abajo de la tierra?

19 abril 2015

Fragmento III (Manuscrito encontrado en una boca de tormenta)

Se me ocurren tres reacciones posibles que puedas tener ante estas palabras. Una es la sorpresa. Otra es la ternura. Y la otra es el hastío, que por qué la loca esta tiene que seguir mandándote estas cartitas cursis… Si pensara, mientras escribo, en cualquiera de esas tres formas de responder, entonces tiraría la lapicera al carajo. Por ello voy a hacer lo de siempre: escribir sin pensar.

Últimamente he estado sintiendo cosas raras. O, mejor dicho, nada. Es extraño para mí decirlo, ya que la indiferencia no es algo por lo que me destaque. Pero es que recientemente, no sé si por el tiempo que pasamos separadas, o por la gran cantidad de éste que estamos juntos, o por ambas cosas; pero me pasa que te veo y me quedo impasible. No es que piense que sos aburrida ni mucho menos, sino que verte me causa la misma reacción que la de ver algo cotidiano, algo ya tan familiar, anodino y de todos los días que la visión de tu rostro y tu cuerpo no me causa cosa distinta que lo que me provoca mirar a cualquier otra persona al pasar.

Ahora, lo que podría esperarse es que por ello no te amase, que no te prestase atención y te vea sólo como un juguete, un objeto de deseo. Lo curioso es que no es así. En el momento en que te vas, es verdad que no siento nada. Pero con las horas, con los días, empieza a crecer algo en mí. Una necesidad que me asfixia, que me abruma y no me deja pensar. Un impulso desenfrenado que me hace dar vueltas como perra enjaulada y maldecir a los gritos el no tener un puto teléfono con el que llamarte para escuchar tu voz.

Son esos momentos de abstinencia los que me hacen comprender que te amo, y mucho más que a las otras personas que se hayan cruzado en mi vida. Porque me di cuenta que verte y hacerte el amor con vos me es mucho menos necesario que escucharte hablar, reír. Me gusta mucho más saber que estás ahí, en algún lado; saber lo que pensás y lo que sentís.

Amo como sos. Amo cuando te enojás, cuando te alegrás, cuando reís y cuando llorás. Amo cuando me hacés recorrer el mundo escuchando tu canto y cuando jugás a tener razón. Amo que mires con desdén mis estúpidos intentos de chistes y te rías de lo malos que son.

No amo ni tus ojos, no tu boca, ni tus manos, ni tus pechos, ni tus piernas, ni tu sexo ni tu cabello.

Amo tus miradas, tus sonrisas. Amo cuando me acaricias y cuando me das refugio y consuelo. Amo cuando corrés para que te siga. Amo cuando me dejás estar junto a vos, que me dejes entrar en vos, y a mi dejarte entrar, siendo las dos una, envueltas en tu aroma.

No amo tu cuerpo.


Te amo a vos.

06 marzo 2015

Alarmas

Eran las 3 A.M cuando sonó la alarma. Desde mi cama la escuché. El insomnio por pensar en Valentina, que me había dejado sólo para ir a casa de sus padres, me impedía cerrar los ojos y el sonido de la sirena me sobresaltó. Entraba por la ventana, distante, pero cercana, casi como si estuviera a dos casas de distancia. Pensé que eso estaba muy cerca. Recordé los rumores de robos violentos en la zona y empecé a preocuparme. Si los ladrones (o quién fuera que haya sido el que la activó) seguían por ahí estarían buscando una forma de escapar o de conseguir refugio. Recé para que no se les ocurriera entrar a casa, pero me quedé seguro con el hecho de que las puertas estaban cerradas con llave. Aunque no recuerdo si la saqué de la cerradura al cerrarla. Por lo que podrían romper el vidrio y usarla. O quizás no, quizás era inútil y tendrían una forma de violentarla de todas formas. Escucho un ruido afuera de la casa. Aaaah, mierda, mierda, seguro están ahí, merodeando. Tratando de esconderse entre las verjas. Los ruidos se hacen más frecuentes y más cercanos, por lo que ya estoy seguro de que no tienen en que escapar y buscan dónde esconderse. Encima esa alarma de mierda que no se apaga y sigue sonando… capaz es porque no queda nadie que la apague y los choros mataron a los dueños de casa. Puta madre, encima de imbécil dejé la llave puesta. Van a venir, van a venir…

¿Ese ruido fue la puerta?

Carajo, creo que fue la puerta

No no no no no no no no no no

Me cago en todo, quieren entrar

¿Qué hago, qué hago? Si los voy a buscar, me van a matar seguro. Pero si me quedo en la cama me van a encontrar y van a  hacer lo mismo. Ya no escucho más ruidos afuera, todos vienen de la puerta. Pero así no me van a agarrar, no. ¿Dónde dejé la escopeta? Ahí, en el armario. Me levanto rápido. No hay tiempo de vestirme. Me siento en un rincón oscuro de la habitación. Así si vienen tengo más chances de darles.

Los ruidos se hacen más intensos.

El miedo, el miedo de la espera me sube por la espalda, por las manos.

Escucho el clic de la puerta que se abre.

Es como una mano fría y amarga que me estruja las costillas aplastando mis pulmones, haciéndome respirar espasmódicamente.

Los pasos, los pasos en la casa.

El sudor me cubre como una segunda piel y mis menos tiemblan aferradas al arma que apunta a la puerta.

Alguien revuelve las cosas en la cocina, lo escucho.

Aprieto tanto los dientes que creo que me partí un incisivo.

Se acercan los pasos.

Cada vez más cerca.

La puerta se abre y una silueta oscura se recorta contra el marco.

En pánico, gritando y sin pensar disparo.

BANG

La figura cae hacia atrás emite un quejido que por alguna razón me parece extraño, pero no me paro a pensarlo.

BANG.

Cae contra la pared del pasillo a oscuras. Inmóvil. Al igual que yo. EL calor del arma me quema en las manos y por alguna razón no puedo dejar de temblar ni de llorar. El bulto está justo frente a mí, a unos metros, pero no puedo distinguirlo con claridad. Luego de unos minutos, unas horas, no sé, logro calmarme y me acerco al cuerpo.

Y me quedo helado.

Ese mechón rojo y esa piel pálida no eran las de un ladrón. Tampoco la llave que siempre estaba guardada en el marco de la puerta, que brillaba en la mano del cadáver. Tampoco lo eran esos grandes ojos castaños y la boca roja entreabierta.


Aún conmocionado por el shock no puedo dejar de contemplar los agujeros que hice con la escopeta en el pecho de Valentina.

16 febrero 2015

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Allí está. Hace días que el escritor se sentó frente al papel en blanco sin poder escribir nada. Pensó que el blanco de la hoja lo llamaba, pero sólo lo hacía perderse en millones de frases usadas, palabras gastadas, expresiones ajenas. No sólo el papel. El cursor del Word titilaba repetidamente al ritmo de sus fugaces pensamientos y más parecía una burla a su bloqueo desesperante. Se distrajo navegando en Internet, sintiéndose cada vez más patético y estúpido. Probo con música, pero sólo copiaba sus versos. Dio paseos interminables, habló con personas, tomó nuevas rutas, nuevas formas de pensar. Miles de ideas se agolpaban en su cabeza, pero eran como una arteria tapada, cuyo flujo interrumpido hacía que se hinchara de forma grotesca y anormal, provocándole dolores de cabeza, mareos y un cierto sentimiento de suciedad que lo perseguía a todos lados. Sentía como se pudría su mente a cada rato mientras se mentía que escribía al rodar por Internet y gastar sus ojos en cada vez más banales sitios y más estúpidas distracciones.
         
      Pensó que quizás el problema era que le faltaba pulir su técnica. Qué mejor para ello que inspirarse leyendo a sus viejos maestros, por lo que asaltó su biblioteca. Leyó a Poe, a Bolaños, a García Márquez, a Tolkien, a Kafka, a Martin, a Dostoievsky, a Moore, a Joyce. Viejos y nuevos, populares y no tanto. Devoró a Cortázar, a Arlt, a Quiroga. Se sumergió en Asimov, en Ellison, en Bradbury. Inclusó leyó creepypastas en Internet, a los poetas malditos, los benditos, los vivos y los muertos. Una vez hubo absorbido cada palabra, cada línea, cada frase de aquellos que lo precedieron, se sentó frente al papel y empezó a escribir. Escribió y escribió, pero se percató de que las palabras no fluían tan naturalmente como antes, sino que a cada rato se detenía sobre sus pasos y borraba sus huellas para trazarlas de nuevo de forma obsesiva y frenética hasta que hubieran quedado perfectamente hechas, en cada detalle. Estuvo semanas escribiendo sin parar, pero sin poder completar nada. En su intento de perfeccionismo ninguna de sus obras le parecía lo suficientemente buena. Las arrojó al vacío apenas tuvo noción de la imperfección en que se estaba convirtiendo, de lo errado del esquema, de lo agotado de la idea. Nada era lo suficientemente bueno y no pudo explicárselo hasta que empezó a releer lo que había hecho.

TODO ERA UNA COPIA.

No era el estilo de los grandes maestros. ERAN los grandes maestros. Había pensado tan a fondo sus expresiones que el escritor tuvo noción de que todo lo que había hecho, incluso a medias, era sólo una falsificación, un muy pobremente disimulado plagio a todo lo que hubo leído en su desesperado intento de inspirarse. Las ideas estaban, pero eran grises, vacías, sin contenido ni voz propia. Se entretuvo tanto y buscó tanto las voces ajenas que perdió la propia. Y allí donde debió haber arrojado su alma no había nada.

Perdió el control.


Quemó sus libros, sus escritos. Con las sillas destrozó su computadora, su escritorio, sus tintas. Desgarró el papel, las poesías y mató a los viejos maestros. Una vez que lo hubo hecho, con un trozo de papel quemado trazó un frenético escrito en una hoja en blanco. Luego de eso se desmayó, aferrándose al más perfecto escrito de su vida.

16 diciembre 2014

Fragmento II (Más que cuento, epístola anónima)

Hace un tiempo empecé algo. Algo que me costó entender al principio dado a que me pareció muy inesperado, algo que no terminé de comprender hasta que no pasó un tiempo. Hace un tiempo me embarqué en un viaje con uno de los compañeros de viaje más inesperados de todos. Hace un tiempo pasó algo que me sigue hasta hoy. Hace un tiempo me empezó a gustar, cuando comencé a comprender lo que significaba y lo que podía abarcar. Abracé ese sentimiento con la misma fuerza que la persona a mi lado. Porque quizás intuía que ahí encontraría tantas cosas… tantas cosas bellas y maravillosas que llenarían mi vida de felicidad. Hace un tiempo aprendí a amar. A amar en todos sus sentidos. A amar con el corazón, con el cuerpo y con el alma. A revolcarme junto con la persona querida en planicies solitarias, extasiado, deseando que cada segundo que pasara fuera eterno y que cada latido me acercara aún más al momento de la unión. A reírme como loco y a hacerla reír, que es lo que más me gustaba.

Pero otras cosas aprendí. Las aprendí junto con ella, a los golpes. Aprendí que la felicidad viene de la mano con el dolor. Aprendí que amar no significa aceptar todo y que la paz no existe, pero se puede pelear. Aprendí a hacer daño y a sentir dolor. Aprendí a alejarme y aprendí a volver.

Sin embargo, lo más importante fue que el amor se hace de aguante. Mucho aguante. Que ningún romance es perfecto, ya que nadie es perfecto. Pero, así desprolijos como éramos, pudimos ayudarnos y apoyarnos mutuamente. Porque no nos rendíamos. Así de tercos éramos, así de testarudos nuestros corazones, que no nos dejamos abatir por más fuertes que cayeran las bombas.

Luego… luego pienso. Pienso con el corazón y la cabeza, ya que dividirlos no es bueno, porque trabajan juntos. Miro para atrás, para las conversaciones viejas, los encuentros, los amores, las fotos… veo mi vida de nuevo y me pregunto ¿Podría haber resultado mejor? Probablemente sí ¿Alguna vez me imaginé esto? No, sinceramente no

¿Sos feliz?


Soy feliz

Desde hace un tiempo que lo soy. Desde hace un tiempo te escucho reír y un calorcito se me sube al pecho. Desde hace un tiempo que sólo un par de ojos hace que se me salte un latido. Desde hace un tiempo que solo le digo palabras dulces a una sola persona. Desde hace un tiempo que abrazo a esa cosa pequeña, sintiéndola lo más frágil del mundo, y me pierdo. Me pierdo en sus bracitos y ya no parece que soy yo el que la cuida, sino que sin ella yo me pierdo. Desde hace un año y medio que te besé en esa aula vacía y mi vida cambió. Porque te amo.

Así como sos, viciosa, callada y loca, medio sádica, medio demente. Algo depre y alegre. Ruda y tierna. Sexy y zaparrastrosa. Vergonzosa y extrovertida. Pacifista y violenta. Y vos. Y te amo a vos.


15 octubre 2014

L'autre-chienne


Te ponías melosa. Muy melosa. Cuando retozábamos por los jardines de tu barrio me acariciabas por todos lados. Me revolvías el pelo. Me acariciabas todo. Y tenías un jueguito que te gustaba jugar. Te gustaba que te dijera reina. Y, riendo, te seguía el juego. Me arrodillaba frente a vos, te ataba las botas, te traía pasteles (pan no, el pan no se tiene), te acomodaba tu peluca, te sostenía la cartera en los boliches y te llevaba los tragos. Cada noche nos entregábamos al delicioso juego erótico en sillones que emulaban mansiones y en sábanas de algodón que se convertían en seda al toque de tus dedos.

Fue hermoso hasta que con el tiempo te pusiste más demandante. Me exigías demasiadas cosas. Que te siguiera a todas partes. Que me parara firme. Que te reverenciara en público. Ya no hablaba sino con tu permiso y solamente podía decir alabanzas a tu persona. Todo el tiempo debía acordarme de detalles insignificante y de atender cada una de tus exigencias, por más alocadas que me parecieran. Después no me convidaste más pasteles; y los regalos que te daba, los vendías o los cambiabas siempre por cosas vanas, estúpidas, sin alma. Tus pequeños caprichos empezaban a molestarme, pero seguí haciéndote caso, como todo un pusilánime.

El colmo de todo fue cuando de repente apareciste en las fiestas con ese payasito perfumado y con cara de boludo. Que tenía plata, posta. Que el padre le había dejado el puestito en la legislatura y que de ahí te compraba autos y eso, era verdad. Pero al tipo no se le caía una idea por casualidad. Sin embargo, era manejable, como te gustaba. 

Me seguiste frecuentando, como siempre, pero cada vez menos. Yo esperaba que volvieras, hasta que un día caí en la cuenta de lo estúpido que había sido y cómo me habías hecho mierda la vida, mi amor propio, mi dignidad. Sentía asco de la persona en la que me había convertido, por tu culpa y mí culpa. Luego todo ese odio estuvo cerca de destruitme. 

Ahora, ya más calmado y habiéndome refrescado con mi vasito de granadina, veo tu cabeza sobre la mesa y me río al pensar que fuiste tan reina y yo tan jacobino.

04 octubre 2014

Perdidos en Joligud - Prólogo (Novela en construcción)

El cuarto de hotel era un caos. Como si todos los huracanes del mundo hubieran entrado y salido de él al mismo tiempo. Plumas y almohadones destripados descansaban en los rincones. Los cuadros inclinados, algunos volteados, otros rotos y otros con quemaduras circulares de cigarrillo. Del baño salía un ruido constante a cascada. La ropa sucia en el suelo, los muebles rasgados y volteados, el aire envenenado y en cada una de estas pequeñas escenografías se leía la pelea. El conflicto. Se leía en el suelo lleno de cabellos, mugre, discos rotos y ceniza. En esas cuatro paredes amarillas. Y en las puertas de vidrio que daban al balcón. Manchadas de rojo. Una estaba reventada después de que el televisor lo atravesó volando.

Y en medio de todo ese desorden, ellos cinco.

Gastón estaba sentado en el borde de la cama destrozada, con la cabeza entre las manos. Por su cerebro pasaban muchos pensamientos, pero él no se paraba a reflexionar sobre ellos. Era sólo como si su agotada mente lo ametrallara constantemente y él no podía hacer nada más que escucharla decir palabras con su propia voz. Voz que no era más suya. Escucharse que decía que no podía ser, que él no hacía esas cosas, que la puta que lo parió, puta que lo parió, la concha de la lora. El sonido de la canilla de agua venía desde el baño. Desde el equipo de música, se escuchaba un tema de System of a Down. El volumen estaba alto. Muy alto. Gastón lo había puesto así para no escucharse pensar, pero era en vano. Su ajena voz se escuchaba una y otra vez en su mente, en un monólogo infinito.

cómo carajo iba a saber que lo iba a hacer al fin y al cabo se lo merecía

La pulsión de sus sienes lo mantenía más o menos despierto y el calor del cigarrillo que, encendido, colgaba de su boca como un diente largo y humeante. Lata no se acordaba cuándo lo había prendido ni quería hacerlo. Sólo estaba sentado en el suelo mirándose las manos. Mirándose las manos. Mirándose las manos y los pequeños trozos de servilleta adheridos a ella como piel que se descascara. Y pensaba solo en una negación constante. No quería pensar en lo que acababa de pasar. No podía pensar. Si lo hacía, iba a darse cuenta, y darse cuenta era morirse.

y encima con todo lo que nos pasó que hijo de puta que es
nononononononononononononononono

El Negro estaba en el balcón con Fuentes, pero este ya se había ido. Estaba con los pies clavados en el piso y con la cabeza en la pared, mirando un punto fijo en el horizonte. Tenía ganas de gritar, pero la voz no le salía y la tenía atascada en la garganta. Ese aullido se la desgarraba de a poquito, como si la fuera raspando continuamente con una navaja roma. Él si pensaba. Pensaba en el pasado, en el pasado más atrás de esos minutos que los tenían colgados y en el pasado que quería que fuera presente y futuro, así hubieran podido decir “nunca”.

               bueno pero que vamos a hacer ahora no quiero que me pase eso no quiero que les pase a ellos
               nononononononononononononononono
               Nunca. Nunca debimos.

Fuentes era otro cantar. Fuentes estaba lejos. En la cornisa y muy, muy lejos. Estaba parado y a la vez no. Estaba volando y quieto. En los dos casos, su camisa se agitaba al viento y su mata de pelo rubio ondeaba como una bandera. Pero él no estaba. No estaba con los otros y estaba muy lejos. Quería salir de ahí. Quería salir volando. Miraba a las luces de la ciudad bajo él y se preguntaba si no dolía volar. Probar. Se preguntaba si saltaba todo se iba a terminar, todo se iba a ir al carajo, él iba a ser inocente y sus amigos igual.

ahora es cuando tenemos que estar juntos pero no debería haber pasado esto es mi culpa no no es mi culpa
nononononononononononononononono
No debimos haber empezado.
Volar te tiene que liberar ¿no? En el cielo no hay leyes

El tiempo pasaba lento. Se derretía. Se derretía como en un cuadro de Dalí y los empezaba ahogar. Se deslizaba por las esquinas de la habitación, por la cabeza de Gastón, por las cuerdas de su guitarra, por entre las notas del tema de System of a Down, por debajo de la ceniza del cigarrillo, en los ojos de Lata, en la pared del balcón, en el nunca del Negro, en el cielo y en las alas de Fuentes.

es culpa de él nunca nos debió haber dicho eso hecho eso y nada de esto hubiera pasado mierda mierda
nononononononononononononononono
No debimos haber venido
Si solo tuviera las alas para poder irme de acá

Hubo un golpe en la puerta.

no quiero no quiero por favor no los culpen yo fui yo fui el y yo y nadie mas
No. Ya es hora de enfrentarlo
Nunca debimos haberlo ni pensado
Quiero salir volando

Los goznes empezaron a saltar

               nunca pensé que al formar esta banda esto iba a pasar no quería antes éramos chicos teníamos sueños
Pensá, pelotudo. Ya no podés escapar.
No debimos haber confiado.
¿Y si lo intento?

La puerta saltó.

Gastón lloró (Yo no quería ¿por qué?)
Lata exhaló el humo (No podés escapar)
El Negro gritó. (Silencio)
Fuentes voló. (Viento)

               Y en medio de su sollozo, en medio de lo que se los levantaban y se los llevaban, en medio de los “Policía Federal, quedan detenidos”, en medio del caos, de la vida y de la muerte, Gastón completó, en su sollozo y como si hubiera leído su mente, los pensamientos del Negro.


- Nunca debimos haber ido a Joligud

06 septiembre 2014

Fragmento I

Cuando el tiempo pasa, uno cambia. Cambia en lo que piensa, en lo que siente, en lo que hace y cómo es uno.  Me hace acordar a cómo cambié con vos desde que te conocí hasta ahora. Fue una linda secuencia. Te vi, te hablé, pero no me llamaste la atención más que cualquier otra persona que pudo haber habido por ahí. Luego te conocí más a fondo. Y me gustaría explayarme, pero siento como si ya te hubiera dicho todo esto.

Amor, amistad, obsesión, vergüenza, indiferencia, bronca, odio, lástima, amistad, cariño, amor, odio, amor… todas se fueron sucediendo en un maelström de sentimientos que terminaron precipitándome al oscuro fondo de la soledad, erizado de desesperación. Y mi alma se hace de carne, mis huesos se hacen de sueños y mis entrañas de deseos. Se convierten en el cuerpo que esos escollos destrozan, enredándolo en marea furiosa. Marea que parece menguar por momentos que parece llevarme a la superficie, al sol de tu amor, sólo para que las nubes de tu indiferencia me devuelvan al torbellino.

Pero comprendo. Comprendo porque te hice todo eso cuando yo vivía del otro lado del espejo. Y podría haber cruzado, podría haberte acompañado a ese País de Maravillas y ser tu Sombrerero, deteniendo los relojes para poder tener momentos eternos. Pero me contenté con despreciar y jugar con la joya de tu cariño hasta desgastar sus brillantes oropeles. Y ahora que me doy cuenta de lo que vale, me es inalcanzable. Tuve el Edén en mis manos y le corté las ramas a cada árbol, pisé cada nido, sequé sus ríos.

Hoy me ofrezco. Extiendo en mi mano el órgano vital que en cada contracción no hace más que repetir tu nombre, pero tus oídos están sordos a sus súplicas. Y si no lo están, si un día lo agarras y lo recoges en tu regazo, temo por él. Porque pude ver antes cómo era contaminado por pasiones ajenas, por rumores de besos, por colores de placer, por tactos amorosos que no eran míos. Cada una de esas expresiones convertía esa pequeña manzana de vida en un oscuro carbón de recelo, cuyos cristales ardían en cada arista.

Quizás ese maelström en el que ahora navego sea parte de un karma. Parte de una ironía, una retribución cósmica por el daño que causé tan desinteresadamente. Sea. Mis hados harán de dictaminar mi pathos y lo afrontaré con la cabeza en alto y el corazón hecho carbón encendido.


Pero sólo si estás en el fondo del torbellino, para rearmar mis huesos.

02 septiembre 2014

La luz

Prendé la luz, Jorge
Me lo dijiste, ¿no?
Me lo decías todo el tiempo.
Prendé la luz, por favor, prendela, me suplicabas.
Y yo entre puteadas la prendía, porque esa puta costumbre  no sólo nos ponía las cuentas de la luz por las nubes sino que pasaba las noches en vela por esa luz de mierda y por mi incapacidad de negarme de una vez.
Porque te pregunté.
Te pregunté por qué. Por qué necesitabas que prenda las luces siempre a las tres de la mañana. Por qué te revolvías siempre inquieta al lado. Por qué te despertabas siempre con lágrimas en los ojos, ojerosa, pálida, como si vivieras con miedo.
Y me contaste de los ruidos. De los movimientos de pies. De la risa. De la voz que te susurraba atrocidades al oído con aliento putrefacto cuando te acostabas. De las manos que te toqueteaban las piernas cuando te sacabas la sábana. Como garras, me dijiste y me mostrabas los raspones. Todo eso en la noche. Todo en la oscuridad del cuarto. Y cuando prendías la luz se iba. No sabés donde, pero se iba.
Y yo no te creí. No te lo dije, pero no te creí. En secreto me cagaba de risa de vos porque pensaba que estabas loca. Que tenías sueños demasiado vívidos y te autoflagelabas de noche. Y te negaste a ir a los médicos. Y me la banqué. Porque te amo, a pesar de todo.
Hasta que una noche, harto de las noches en vela, me tomé unas cuantas pastillas de zoldipem.
¿Cómo habrá sido cuando viste que no me despertaba?
¿Te desesperaste? ¿Me gritaste? ¿Lloraste mientras las manos desconocidas te tiraban de los tobillos, te agarraban el pelo, te abrían surcos en el cuello? ¿Gritaste súplicas a la voz que te aullaba en la cabeza, a la risa que sonaba en toda la habitación?

Lo que sé es que intentaste prender la luz. Lo sé porque a la mañana siguiente encontré tu cuerpo sin vida contra el interruptor, apagado. Vi las laceraciones en tu cuerpo, tu cuello chorreante de sangre, tus piernas rasgadas, tus pechos desnudos con los pezones arrancados a mordiscos, tu pelo con mechones desmadejados…


Y sólo puedo culparme a mí mismo por mi necedad, y a la criatura sonriente que me observa agazapada desde el rincón de la pieza a oscuras.

28 mayo 2014

FaceGod

Y como si nada, un día Mark Zuckerberg anunció la novedad del milenio: Dios estaba haciendo su página en Facebook.

La noticia causó gran conmoción en el mundo. Ante los incrédulos, el propietario de la red social contaba la siguiente historia: un día, un ángel se le presentó diciéndole (con un marcado acento tejano) que el Cielo estaba en medio de una agresiva campaña de cambió de imagen. Que la imagen medieval que venían llevando estaba muy “out” y, si bien el Papa nuevo transmitía otra onda que llamaba más gente, el Jefe consideraba que necesitaban algo más global, más “marketinero”. Ahí es donde le pidieron al Zuckerberg que empezara la gestión del Sitio Web Divino. Anunció el día del lanzamiento para el cuatro de marzo.

Al principio, todo el tema fue tomado en forma de broma por informáticos y programadores; de herejía por religiosos; y de seria necesidad de atención por algunos psicólogos. Sin embargo, a minutos de haberse inaugurado el dichoso Perfil, Dios ya tenía millones de solicitudes de amistad. Parece ser que tuvo gran acepción, dado que la página cambiaba depende de quién la abriera: para los católicos y judíos aparecía como “Dios”, con la foto de perfil del ojo; los musulmanes veían a Alá; los narcisistas a ellos mismos; y los ateos se daban con un “Error 404: Page not found”.

Este hecho sirvió para confirmar el milagro. A medida que pasaban los días, el perfil se fue llenando de gente que pedía, agradecía y rezaba. Dios contestaba a todos y se daba el tiempo para compartir pasajes bíblicos y enseñanzas.

Con el tiempo, la cosa pareció ir cambiando. Dios respondía cada vez con menos solemnidad, tuteando a los creyentes e insistiendo en que le dijeran “Viejo” o “Barba” en lugar de “Señor”. A nadie le preocupó mucho hasta que un Testigo del Susodicho se indignó al ver que “Jehová indicó que le gusta Ozzy Osbourne”. Mucho peor fue cuando las instituciones de la Fe en todo el mundo se levantaron ofendidas al ver que el Altísimo compartía videos de “Bailando por un Sueño”, frases de Chespirito y fotos de la Scarlett Johannson en bolas.

Lo que fue el colmo fue el álbum de las fiestas en el Paraíso. Las fotos (tomadas por el Alfa y Omega mismo) mostraban a Mahoma y la Madre Teresa apretando en el oscurito, tequila de por medio. Otra tenía a San Juan jugando al poker con Lennon, Ghandi y Mandela por unas pastillitas de écstasy. Las más difundidas mostraban a  Jesús, Buda, Juan Pablo II, Sor Juana Inés de la Cruz y Mercedes Sosa saltando desnudos a una pileta llena de vino.

Todas las religiones se escandalizaron de tal manera que se unificaron para exigir a Zuckerberg que cerrara esa página “blasfema, insultante y excecrable”, pero éste se excusó mostrando a sus empleados convertidos en estatuas de sal al intentar clausurar el perfil del supuesto Dios.

Impotentes, los líderes de los credos volvieron a los suyo. Eso sí, cuidando a sus fieles y constantemente advirtiéndoles de “los peligros de las mentiras en la Red”.

El punto es que el asunto se olvidó en menos de una semana.


Ahora solo somos unos pocos los que seguimos visitando el perfil del Barba para leer sus consejos, joderlo por el Ask, consultarlo y darle like a las fotos de su asado con Morgan Freeman.

29 abril 2014

Diégesis

El día fue ayer cuando el autor, presa de un ardid narrativo, decidió matar a la descripción. Se sentó. Escribió un revolver y disparó contra la mímesis.
Ahora nadie puede hacer poesía, ni obras de teatro. Los realistas, naturalistas y surrealistas se desesperan. Los guías de museos, críticos de arte, historietistas, dibujantes y pintores cometen suicidio alrededor del mundo
Los lingüistas y estudiosos de las letras se lanzan a la busca del escritor homicida. En las oficinas de la RAE caen sospechosos todos los días, pero todos son liberados.
Es inútil.
Nadie puede describir la apariencia del asesino.

28 marzo 2014

Palabreándote

           Siempre fuiste buena con tus manos. Dibujabas, hacías música… eras buena en el arte. Me regalabas dibujos. Yo todo lo que podía hacer por vos era entregarte cuentos, cartas, poesías… No sabía hacer otra cosa que ejercer la más bastarda de las artes, ya que si intenté hacer obras plásticas, no me atreví casi a dártelas por lo desastroso de su elaboración.
       
            Hoy me puse a ver lo que me diste. Tenías un trazo tan fino, tan preciso. Una línea que sabía qué hacer con un lápiz, que no descuidaba un segundo ningún detalle. Sentí un poco de envidia. Leí mis escritos, luego. Tuve tanta vergüenza ante la diferencia substancial entre ellos que pensé en comenzar un ambicioso proyecto.

            Tomé un lápiz y poniéndome frente a mi cuaderno, tracé tus palabras. Primero un contorno, suave, redondeado. Palabras delicadas y suaves para tu cuello, tu cabello, tus manos, todas aquellas que me hacían quedarme admirado por horas; y otras más pesadas y vulgares para tus pechos, tu sexo y tus curvas, que me hacían perder el pudor constantemente.

            Relajando un poco mi estado, me alejé un poco para contemplar mi obra. No estaba mal, pero todavía faltaba mucho. No podía dejar de mencionar ciertos aspectos, como la pequeña cicatriz entre tus costillas, tus pequeños pies, dedos. Palabras silenciosas y elocuentes a la vez me hablaban de tu boca, y de tu voz no pude hacer más que frases risueñas, finas como cinta de seda.

            Lo complicado fueron tus ojos. Los ojos son la ventana del alma, decía no se qué escritor, filósofo, vieja de barrio, etcétera. Siguiendo ese principio, no podía sólo limitarme a trazarlos. Debía darles su carácter. Usé frases profundas, conectores significativos y adjetivos simples e indescriptibles. Todo lo que callaban las palabras de tus labios, todo lo que no puse en ellos, lo plasmé en tu mirada, en tus párpados, la 
forma en que tus cejas se mueven y palabras saladas, mojadas en tus lágrimas.

            Me pasé meses en eso. Por días no pude casi terminarlo, frustrado, atrapado y a veces estando a punto de borrar todo y empezar de nuevo. Finalmente terminé tu aspecto.

            Pero faltaba algo.

            Hice algo bajo tu figura. Tus inseguridades. Tus miedos. Escribía con pasión sobre tus aburrimientos y tedioso tus amores. Escribí cómo dabas vueltas en la cama cuando te despertabas y cómo te ponés cuando te comparan con otra persona. Cómo es que pedís un abrazo y cómo sos cuando te enojás. Lo que te gusta, lo que odiás.

            Puse todo. Puse lo que amo de vos, lo que odio de vos y lo que no me molesta tanto.

            Me llevó años,  pero lo terminé esta mañana.

            Y ahora puedo ver tu expresión cuando ves cómo te dibujé con mis palabras.

Las otras

Esta idea se me ocurrió cuando estaba en la cama con mi mujer. Era temprano a la mañana, y miraba el techo mientras la luz de la mañana todavía no alcanzaba a entrar por la ventana. Sentía mi boca pastosa, el cabello grasoso y mi erección matutina empujaba las sábanas, como desperezándose, pidiendo una excusa para volver a descansar. Me di vuelta a mirar a mi esposa. Ella dormía casi profundamente. A cada rato temblaba ligeramente, desnuda bajo las sábanas. Iba a despertarla para atender a ese pedido de descanso que venía de mi entrepierna, pero cambié de idea. Temía una negativa, o un rechazo, o una discusión que no deseaba escuchar. Cualquiera sea el caso, todo parecía demasiado problemático por una petición que podía satisfacer yo mismo.

Poniendo manos a la obra, literalmente, me entregué a la tarea. Cerré los ojos y dejé que mi imaginación volara y que mi mano marcara el ritmo. Sin embargo, al cabo de un rato, desistí. De todos los escenarios que cruzaban por mi mente en ese momento de autosatisfacción, en ninguno de ellos estaba la persona que descansaba a mi lado. Avergonzado, comencé a reprochármelo: ¿Cómo podés hacer esto? ¿Es que no tenés corazón? Esta justo al lado tuyo ¿Qué pasaría si se enterara de que no estás pensando en ella? Te dejaría…

Luego no pude evitar que esa línea de pensamiento se continuara en un escenario imaginario en el que, en mi mente, yo había engañado a mi mujer con todas aquellas otras de mis fantasías. Se lo confesaba en una mesa del patio de comidas de algún shopping.

-¿Y? ¿Qué me querías contar? – me preguntaba mientras bajaba la hamburguesa de McDonald’s y jugueteaba con las papas fritas. Yo, por mi parte, tomé un trago de la Pepsi que venía con lo que sea de porquería que me tapaba las arterias y la miré.

- ¿Viste que hay veces en las que no estoy, que digo que tengo que corregir parciales, que me junto con la banda o que tengo reunión de cátedra?

-Sí… - me dijo mientras la sospecha se alzaba poco a poco en sus ojos marrones

-Bueno… no es tan así. Ninguna de esas veces

- ¿A qué te referís con eso? – Ya las lágrimas empezaban a aflorar, pero sonrió, como queriendo convencerse de sólo se imaginaba lo que le iba a decir.

Respiré hondo.

- A que te engañé. Te engañé. Te lo digo así, clarito, porque no encuentro una forma educada o suave de decírtelo.

- Pero… ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Con quién…? – La voz le temblaba y se le quebró en varias ocasiones, pero logró mantener la compostura.

Yo procedí a explicarle todo. Se lo dije con una voz tan inexpresiva que me hizo sorprenderme de mi frialdad. Le dije que hace rato que ya no la deseaba. Que por eso no me dio vergüenza o culpa hacer nada de lo que hice. Le dije que no se tenía que sorprender, porque yo había traicionado a otra mujer antes. Le conté de las veces que lo hice. Con quiénes. Con mi ex, con mis amigas, con sus amigas, con mis compañeras de trabajo… Dónde… En la ducha, en nuestra cama, en el auto, en el parque, en el baño del bar, en la oficina de la facultad… Yo seguía hablando a la vez que ella lloraba y sollozaba y yo hablaba y me explicaba y ella sollozaba y me reía y ella corría y le gritaba y me burlaba y…

- ¿Amor?

               Ella se había despertado y me había sacado de mi ensoñación. Entrecerraba los ojos y me miraba con preocupación.

- Te estaba diciendo buen día pero no me contestaste. Estás como zombi ¿Pasa algo?

               Yo le acaricié su pelo negro, increíblemente sin despeinar.

- Nada, amor, no pasa nada.

- Bueno, aparentemente sí pasa algo – dijo mirando mi entrepierna con una sonrisa.


               Yo la besé e hicimos el amor. Mientras lo hacíamos, volví a engañarla. Y quizás ella me engañaba también.

29 diciembre 2013

Aku

               Fue al despertarte. Abriste los ojos  y te desperezaste. Por la ventana entraba la luz de un amanecer carmesí. Bostezaste y te estiraste a la mesa de luz para buscar fuego. El reloj digital marcaba las seis y cuatro de la mañana. Te sentaste en la cama y desde la radio sonaba un tema de los Doors que te hacía acordar a cuando eras adolescente y te robabas el Falcon rojo de tu viejo para salir de joda con tus amigos.  Eso era cuando recién empezabas a tomar… sangría fue lo primero, que tu compadre preparaba en botellas de Fanta naranja con Termidor. También fue la época en la que empezaste a fumar.
               Con eso se cortó el hilo de tus pensamientos y te volvió el ansia. Abriste el cajón y sacaste el mechero. Los puchos estaban en el bolsillo de tu saco, al lado de la puerta de la habitación. La calidad del hotel (bah, digamos, del telo) era ligeramente superior a su precio, lo que no era mucho decir. Te recostaste contra el dintel, entre los focos infrarrojos que hacían parecer todo como un gran cuarto oscuro. Mientras fumabas, pensabas en el patético intento de las luces de infundir erotismo al tiempo que cubría las manchas duras en el suelo y en el acolchado. Por un segundo, te hipnotizaste viendo las volutas de humo que flotaban en el calor húmedo de la habitación. Las viste formar figuras imposibles, oníricas y surrealistas.
                 Al rato te aburriste y por detrás de la cortina, la viste acostada en la cama. El sudor se condensaba en su piel pálida, casi gris, y la sábana le cubría solamente los pies y una pequeña porción de sus hombros. Te fascinaba su cabello del color del fuego, que surgía de su cabeza y se extendía bajo su cuerpo como un lecho de lava. Parecía chorrear en el piso de tan abundante que era. Mientras te entretenías en esas contemplaciones, los recuerdos de la noche anterior pasaban vivos por tu cabeza: labios, lenguas entrelazadas, dos cuerpos que eran uno, labios rojos otra vez, una agonía, un sentimiento frío y una explosión de placer. Era todo lo que te venía a la mente en ese momento. Inocentemente, atribuiste la pequeña amnesia al vino tinto y a la pepa que compartieron la noche anterior.
               Con un bostezo te enderezaste. Tus pies descalzos acariciaban la alfombra cerúlea, haciéndole desprender pequeñas tormentas de polvo que se adherían a tu piel desnuda. Deslizándote lentamente a través del calor, fuiste hacia el baño. A cada paso que dabas, a cada segundo, tu cabeza viajaba. Cada lento siglo de tu movimiento te llevaba cada vez más cerca de la puerta bordó. Empujaste el frío picaporte y entraste.
               Tropezaste con los azulejos húmedos y caíste al suelo. Al enderezarte, apoyándote en el lavatorio, sentiste el fuerte olor a putrefacción que salía de quién sabe dónde. Abriste el botiquín (que parecía no tener espejo), pero ahí no estaba la causa. Luego bajaste la vista a la pileta de porcelana blanca. Entre los caños, entre el óxido de las griferías, había manchas. Manchas rojas. Por los bordes blancos del sumidero bajaban líneas rojizas que desaparecían en la oscuridad del desagüe. Con asombro y algo de miedo, quizás, seguiste el rastro bermellón que se arrastraba desde la entrada del cuarto hasta la bañadera. La cortina estaba manchada del mismo color que el resto del cuarto. Rojo. El olor a podredumbre era más fuerte allí, incluso. Con manos temblorosas, corriste las cortinas. Y si no vomitaste, fue porque tu estómago estaba vacío.
               En ese momento comprendiste todo. Los recuerdos fugaces eran algo más que una noche de sexo lisérgico. La piel de ella era pálida, casi gris, por una razón. Lo rojo que la envolvía y chorreaba en el suelo no era su cabello. Comprendiste el olor a putrefacción. Comprendiste el no verte en el espejo. Comprendiste el rojo. Todo el rojo
               Viste tu cuerpo en la bañadera, prácticamente sumergido en un líquido casi negro formado de tus fluidos corporales. Viste tus facciones putrefactas al punto de que sólo te reconociste gracias al tatuaje en tu hombro derecho. Viste las venas de tus muñecas abiertas a tal punto que tus manos colgaban apenas del hueso. Viste tu piel, tus ojos, tu boca, recorridas por moscas que se alimentaban de tus restos muertos y podridos en el húmedo aire de verano. 
Fue entonces cuando, antes de desmayarte, te diste cuenta de que el rojo que había estado durante toda tu vida, ahora te acompañaba más allá de su final.

16 noviembre 2013

Confesión

“Hola. Perdón por no haberte hablado en tanto tiempo, pero son raras las veces que siento la necesidad de pasarme por acá. Digamos que no trae muy buenos recuerdos para ninguno de los dos, ¿no? Como sea, hay muchas cosas que quiero decirte. Quizás lo debería haber hecho antes. O quizás nunca, se me hace que te rompo demasiado las bolas con este tema. Bueno, lo importante es que vine, y ya que estamos, te lo voy a decir. Tranquila, no me voy a quedar mucho. Un ratito nomás y te dejo de joder.

Hoy me senté a ver el álbum. Ese viejo álbum que tiene las fotos de esa vieja época, cuando jugábamos juntos, ¿te acordás? Na, seguramente no. O sea, yo debo ser el único de los dos con esas inquietudes. O sea, imaginate. Pasaron años de eso. Yo estaba muy distinto entonces. Era más bonito. Pero vos seguís estando igual. Al menos sé que siempre lo vas a estar en mi cabeza. El punto es que mientras pasaba las fotos me di cuenta que cuando las veía no podía recordar… el sentimiento. No se me ocurre la razón, pero a medida que miraba las imágenes, parecían cosas que le habían pasado a otra persona hace mucho tiempo atrás, alguien que conocí junto con alguien que nunca llegué a conocer bien. Eran dos extraños sonriendo en una lámina de cartón.

Eso me hizo acordarme de algo que hablé con una chica my especial hace poco. Si la conocés y todo. Le conté lo que me pasaba y ella me dijo lo que había visto. Cómo éramos nosotros. Que parecíamos desconocidos, porque ninguno sabía nada del otro. Estábamos juntos, no “amábamos”, pero no nos conocimos. Y me di cuenta que en algo tiene razón. Siempre que quise saber algo de tu vida, me esquivabas la pregunta o me dabas respuestas vagas. Igual que vos nunca me preguntabas cosas sobre mí.

Y tuvo que pasar eso. Tuve que hacer esa cosa horrible para que te des cuenta. Recién cuando nos separamos, empezaste a interesarte. Escuchaste los discos que te di. Te tomaste el tiempo de leer lo que te escribía. Empezaste a aparecer en mi vida como no habías estado antes, y me forzabas a estar en la tuya. Pero lejos de hacerme feliz, eso me entristeció. Porque pensé que tal vez todo podría haber terminado bien si hubiéramos sido capaces de romper ese muro entre los dos.

Eso me hace preguntarme ¿Qué fui yo para vos? ¿Un amigo? ¿Una pareja? ¿Un trofeo? Esas cuestiones daban vuelta por mi cabeza. No las soportaba. A pesar de todo, no podía dormir por tras de eso. Y ahora que te maté, no voy a poder saber más la respuesta.

Pero eso ya no me importa. Lo que quería decir es que ya es tarde para querer reparar las cosas. He seguido adelante y creo que soy feliz, a pesar de todo. Nada dura para siempre y mucho menos lo nuestro. Pero siempre me voy a acordar de vos con algo de cariño.

Ahora me voy. No creo que volvamos a vernos.”


El cadáver salpicó un poco de escarcha cuando el hombre salió, cerrando la puerta del freezer.