15 octubre 2014

L'autre-chienne


Te ponías melosa. Muy melosa. Cuando retozábamos por los jardines de tu barrio me acariciabas por todos lados. Me revolvías el pelo. Me acariciabas todo. Y tenías un jueguito que te gustaba jugar. Te gustaba que te dijera reina. Y, riendo, te seguía el juego. Me arrodillaba frente a vos, te ataba las botas, te traía pasteles (pan no, el pan no se tiene), te acomodaba tu peluca, te sostenía la cartera en los boliches y te llevaba los tragos. Cada noche nos entregábamos al delicioso juego erótico en sillones que emulaban mansiones y en sábanas de algodón que se convertían en seda al toque de tus dedos.

Fue hermoso hasta que con el tiempo te pusiste más demandante. Me exigías demasiadas cosas. Que te siguiera a todas partes. Que me parara firme. Que te reverenciara en público. Ya no hablaba sino con tu permiso y solamente podía decir alabanzas a tu persona. Todo el tiempo debía acordarme de detalles insignificante y de atender cada una de tus exigencias, por más alocadas que me parecieran. Después no me convidaste más pasteles; y los regalos que te daba, los vendías o los cambiabas siempre por cosas vanas, estúpidas, sin alma. Tus pequeños caprichos empezaban a molestarme, pero seguí haciéndote caso, como todo un pusilánime.

El colmo de todo fue cuando de repente apareciste en las fiestas con ese payasito perfumado y con cara de boludo. Que tenía plata, posta. Que el padre le había dejado el puestito en la legislatura y que de ahí te compraba autos y eso, era verdad. Pero al tipo no se le caía una idea por casualidad. Sin embargo, era manejable, como te gustaba. 

Me seguiste frecuentando, como siempre, pero cada vez menos. Yo esperaba que volvieras, hasta que un día caí en la cuenta de lo estúpido que había sido y cómo me habías hecho mierda la vida, mi amor propio, mi dignidad. Sentía asco de la persona en la que me había convertido, por tu culpa y mí culpa. Luego todo ese odio estuvo cerca de destruitme. 

Ahora, ya más calmado y habiéndome refrescado con mi vasito de granadina, veo tu cabeza sobre la mesa y me río al pensar que fuiste tan reina y yo tan jacobino.

04 octubre 2014

Perdidos en Joligud - Prólogo (Novela en construcción)

El cuarto de hotel era un caos. Como si todos los huracanes del mundo hubieran entrado y salido de él al mismo tiempo. Plumas y almohadones destripados descansaban en los rincones. Los cuadros inclinados, algunos volteados, otros rotos y otros con quemaduras circulares de cigarrillo. Del baño salía un ruido constante a cascada. La ropa sucia en el suelo, los muebles rasgados y volteados, el aire envenenado y en cada una de estas pequeñas escenografías se leía la pelea. El conflicto. Se leía en el suelo lleno de cabellos, mugre, discos rotos y ceniza. En esas cuatro paredes amarillas. Y en las puertas de vidrio que daban al balcón. Manchadas de rojo. Una estaba reventada después de que el televisor lo atravesó volando.

Y en medio de todo ese desorden, ellos cinco.

Gastón estaba sentado en el borde de la cama destrozada, con la cabeza entre las manos. Por su cerebro pasaban muchos pensamientos, pero él no se paraba a reflexionar sobre ellos. Era sólo como si su agotada mente lo ametrallara constantemente y él no podía hacer nada más que escucharla decir palabras con su propia voz. Voz que no era más suya. Escucharse que decía que no podía ser, que él no hacía esas cosas, que la puta que lo parió, puta que lo parió, la concha de la lora. El sonido de la canilla de agua venía desde el baño. Desde el equipo de música, se escuchaba un tema de System of a Down. El volumen estaba alto. Muy alto. Gastón lo había puesto así para no escucharse pensar, pero era en vano. Su ajena voz se escuchaba una y otra vez en su mente, en un monólogo infinito.

cómo carajo iba a saber que lo iba a hacer al fin y al cabo se lo merecía

La pulsión de sus sienes lo mantenía más o menos despierto y el calor del cigarrillo que, encendido, colgaba de su boca como un diente largo y humeante. Lata no se acordaba cuándo lo había prendido ni quería hacerlo. Sólo estaba sentado en el suelo mirándose las manos. Mirándose las manos. Mirándose las manos y los pequeños trozos de servilleta adheridos a ella como piel que se descascara. Y pensaba solo en una negación constante. No quería pensar en lo que acababa de pasar. No podía pensar. Si lo hacía, iba a darse cuenta, y darse cuenta era morirse.

y encima con todo lo que nos pasó que hijo de puta que es
nononononononononononononononono

El Negro estaba en el balcón con Fuentes, pero este ya se había ido. Estaba con los pies clavados en el piso y con la cabeza en la pared, mirando un punto fijo en el horizonte. Tenía ganas de gritar, pero la voz no le salía y la tenía atascada en la garganta. Ese aullido se la desgarraba de a poquito, como si la fuera raspando continuamente con una navaja roma. Él si pensaba. Pensaba en el pasado, en el pasado más atrás de esos minutos que los tenían colgados y en el pasado que quería que fuera presente y futuro, así hubieran podido decir “nunca”.

               bueno pero que vamos a hacer ahora no quiero que me pase eso no quiero que les pase a ellos
               nononononononononononononononono
               Nunca. Nunca debimos.

Fuentes era otro cantar. Fuentes estaba lejos. En la cornisa y muy, muy lejos. Estaba parado y a la vez no. Estaba volando y quieto. En los dos casos, su camisa se agitaba al viento y su mata de pelo rubio ondeaba como una bandera. Pero él no estaba. No estaba con los otros y estaba muy lejos. Quería salir de ahí. Quería salir volando. Miraba a las luces de la ciudad bajo él y se preguntaba si no dolía volar. Probar. Se preguntaba si saltaba todo se iba a terminar, todo se iba a ir al carajo, él iba a ser inocente y sus amigos igual.

ahora es cuando tenemos que estar juntos pero no debería haber pasado esto es mi culpa no no es mi culpa
nononononononononononononononono
No debimos haber empezado.
Volar te tiene que liberar ¿no? En el cielo no hay leyes

El tiempo pasaba lento. Se derretía. Se derretía como en un cuadro de Dalí y los empezaba ahogar. Se deslizaba por las esquinas de la habitación, por la cabeza de Gastón, por las cuerdas de su guitarra, por entre las notas del tema de System of a Down, por debajo de la ceniza del cigarrillo, en los ojos de Lata, en la pared del balcón, en el nunca del Negro, en el cielo y en las alas de Fuentes.

es culpa de él nunca nos debió haber dicho eso hecho eso y nada de esto hubiera pasado mierda mierda
nononononononononononononononono
No debimos haber venido
Si solo tuviera las alas para poder irme de acá

Hubo un golpe en la puerta.

no quiero no quiero por favor no los culpen yo fui yo fui el y yo y nadie mas
No. Ya es hora de enfrentarlo
Nunca debimos haberlo ni pensado
Quiero salir volando

Los goznes empezaron a saltar

               nunca pensé que al formar esta banda esto iba a pasar no quería antes éramos chicos teníamos sueños
Pensá, pelotudo. Ya no podés escapar.
No debimos haber confiado.
¿Y si lo intento?

La puerta saltó.

Gastón lloró (Yo no quería ¿por qué?)
Lata exhaló el humo (No podés escapar)
El Negro gritó. (Silencio)
Fuentes voló. (Viento)

               Y en medio de su sollozo, en medio de lo que se los levantaban y se los llevaban, en medio de los “Policía Federal, quedan detenidos”, en medio del caos, de la vida y de la muerte, Gastón completó, en su sollozo y como si hubiera leído su mente, los pensamientos del Negro.


- Nunca debimos haber ido a Joligud

06 septiembre 2014

Fragmento I

Cuando el tiempo pasa, uno cambia. Cambia en lo que piensa, en lo que siente, en lo que hace y cómo es uno.  Me hace acordar a cómo cambié con vos desde que te conocí hasta ahora. Fue una linda secuencia. Te vi, te hablé, pero no me llamaste la atención más que cualquier otra persona que pudo haber habido por ahí. Luego te conocí más a fondo. Y me gustaría explayarme, pero siento como si ya te hubiera dicho todo esto.

Amor, amistad, obsesión, vergüenza, indiferencia, bronca, odio, lástima, amistad, cariño, amor, odio, amor… todas se fueron sucediendo en un maelström de sentimientos que terminaron precipitándome al oscuro fondo de la soledad, erizado de desesperación. Y mi alma se hace de carne, mis huesos se hacen de sueños y mis entrañas de deseos. Se convierten en el cuerpo que esos escollos destrozan, enredándolo en marea furiosa. Marea que parece menguar por momentos que parece llevarme a la superficie, al sol de tu amor, sólo para que las nubes de tu indiferencia me devuelvan al torbellino.

Pero comprendo. Comprendo porque te hice todo eso cuando yo vivía del otro lado del espejo. Y podría haber cruzado, podría haberte acompañado a ese País de Maravillas y ser tu Sombrerero, deteniendo los relojes para poder tener momentos eternos. Pero me contenté con despreciar y jugar con la joya de tu cariño hasta desgastar sus brillantes oropeles. Y ahora que me doy cuenta de lo que vale, me es inalcanzable. Tuve el Edén en mis manos y le corté las ramas a cada árbol, pisé cada nido, sequé sus ríos.

Hoy me ofrezco. Extiendo en mi mano el órgano vital que en cada contracción no hace más que repetir tu nombre, pero tus oídos están sordos a sus súplicas. Y si no lo están, si un día lo agarras y lo recoges en tu regazo, temo por él. Porque pude ver antes cómo era contaminado por pasiones ajenas, por rumores de besos, por colores de placer, por tactos amorosos que no eran míos. Cada una de esas expresiones convertía esa pequeña manzana de vida en un oscuro carbón de recelo, cuyos cristales ardían en cada arista.

Quizás ese maelström en el que ahora navego sea parte de un karma. Parte de una ironía, una retribución cósmica por el daño que causé tan desinteresadamente. Sea. Mis hados harán de dictaminar mi pathos y lo afrontaré con la cabeza en alto y el corazón hecho carbón encendido.


Pero sólo si estás en el fondo del torbellino, para rearmar mis huesos.

02 septiembre 2014

La luz

Prendé la luz, Jorge
Me lo dijiste, ¿no?
Me lo decías todo el tiempo.
Prendé la luz, por favor, prendela, me suplicabas.
Y yo entre puteadas la prendía, porque esa puta costumbre  no sólo nos ponía las cuentas de la luz por las nubes sino que pasaba las noches en vela por esa luz de mierda y por mi incapacidad de negarme de una vez.
Porque te pregunté.
Te pregunté por qué. Por qué necesitabas que prenda las luces siempre a las tres de la mañana. Por qué te revolvías siempre inquieta al lado. Por qué te despertabas siempre con lágrimas en los ojos, ojerosa, pálida, como si vivieras con miedo.
Y me contaste de los ruidos. De los movimientos de pies. De la risa. De la voz que te susurraba atrocidades al oído con aliento putrefacto cuando te acostabas. De las manos que te toqueteaban las piernas cuando te sacabas la sábana. Como garras, me dijiste y me mostrabas los raspones. Todo eso en la noche. Todo en la oscuridad del cuarto. Y cuando prendías la luz se iba. No sabés donde, pero se iba.
Y yo no te creí. No te lo dije, pero no te creí. En secreto me cagaba de risa de vos porque pensaba que estabas loca. Que tenías sueños demasiado vívidos y te autoflagelabas de noche. Y te negaste a ir a los médicos. Y me la banqué. Porque te amo, a pesar de todo.
Hasta que una noche, harto de las noches en vela, me tomé unas cuantas pastillas de zoldipem.
¿Cómo habrá sido cuando viste que no me despertaba?
¿Te desesperaste? ¿Me gritaste? ¿Lloraste mientras las manos desconocidas te tiraban de los tobillos, te agarraban el pelo, te abrían surcos en el cuello? ¿Gritaste súplicas a la voz que te aullaba en la cabeza, a la risa que sonaba en toda la habitación?

Lo que sé es que intentaste prender la luz. Lo sé porque a la mañana siguiente encontré tu cuerpo sin vida contra el interruptor, apagado. Vi las laceraciones en tu cuerpo, tu cuello chorreante de sangre, tus piernas rasgadas, tus pechos desnudos con los pezones arrancados a mordiscos, tu pelo con mechones desmadejados…


Y sólo puedo culparme a mí mismo por mi necedad, y a la criatura sonriente que me observa agazapada desde el rincón de la pieza a oscuras.

28 mayo 2014

FaceGod

Y como si nada, un día Mark Zuckerberg anunció la novedad del milenio: Dios estaba haciendo su página en Facebook.

La noticia causó gran conmoción en el mundo. Ante los incrédulos, el propietario de la red social contaba la siguiente historia: un día, un ángel se le presentó diciéndole (con un marcado acento tejano) que el Cielo estaba en medio de una agresiva campaña de cambió de imagen. Que la imagen medieval que venían llevando estaba muy “out” y, si bien el Papa nuevo transmitía otra onda que llamaba más gente, el Jefe consideraba que necesitaban algo más global, más “marketinero”. Ahí es donde le pidieron al Zuckerberg que empezara la gestión del Sitio Web Divino. Anunció el día del lanzamiento para el cuatro de marzo.

Al principio, todo el tema fue tomado en forma de broma por informáticos y programadores; de herejía por religiosos; y de seria necesidad de atención por algunos psicólogos. Sin embargo, a minutos de haberse inaugurado el dichoso Perfil, Dios ya tenía millones de solicitudes de amistad. Parece ser que tuvo gran acepción, dado que la página cambiaba depende de quién la abriera: para los católicos y judíos aparecía como “Dios”, con la foto de perfil del ojo; los musulmanes veían a Alá; los narcisistas a ellos mismos; y los ateos se daban con un “Error 404: Page not found”.

Este hecho sirvió para confirmar el milagro. A medida que pasaban los días, el perfil se fue llenando de gente que pedía, agradecía y rezaba. Dios contestaba a todos y se daba el tiempo para compartir pasajes bíblicos y enseñanzas.

Con el tiempo, la cosa pareció ir cambiando. Dios respondía cada vez con menos solemnidad, tuteando a los creyentes e insistiendo en que le dijeran “Viejo” o “Barba” en lugar de “Señor”. A nadie le preocupó mucho hasta que un Testigo del Susodicho se indignó al ver que “Jehová indicó que le gusta Ozzy Osbourne”. Mucho peor fue cuando las instituciones de la Fe en todo el mundo se levantaron ofendidas al ver que el Altísimo compartía videos de “Bailando por un Sueño”, frases de Chespirito y fotos de la Scarlett Johannson en bolas.

Lo que fue el colmo fue el álbum de las fiestas en el Paraíso. Las fotos (tomadas por el Alfa y Omega mismo) mostraban a Mahoma y la Madre Teresa apretando en el oscurito, tequila de por medio. Otra tenía a San Juan jugando al poker con Lennon, Ghandi y Mandela por unas pastillitas de écstasy. Las más difundidas mostraban a  Jesús, Buda, Juan Pablo II, Sor Juana Inés de la Cruz y Mercedes Sosa saltando desnudos a una pileta llena de vino.

Todas las religiones se escandalizaron de tal manera que se unificaron para exigir a Zuckerberg que cerrara esa página “blasfema, insultante y excecrable”, pero éste se excusó mostrando a sus empleados convertidos en estatuas de sal al intentar clausurar el perfil del supuesto Dios.

Impotentes, los líderes de los credos volvieron a los suyo. Eso sí, cuidando a sus fieles y constantemente advirtiéndoles de “los peligros de las mentiras en la Red”.

El punto es que el asunto se olvidó en menos de una semana.


Ahora solo somos unos pocos los que seguimos visitando el perfil del Barba para leer sus consejos, joderlo por el Ask, consultarlo y darle like a las fotos de su asado con Morgan Freeman.

29 abril 2014

Diégesis

El día fue ayer cuando el autor, presa de un ardid narrativo, decidió matar a la descripción. Se sentó. Escribió un revolver y disparó contra la mímesis.
Ahora nadie puede hacer poesía, ni obras de teatro. Los realistas, naturalistas y surrealistas se desesperan. Los guías de museos, críticos de arte, historietistas, dibujantes y pintores cometen suicidio alrededor del mundo
Los lingüistas y estudiosos de las letras se lanzan a la busca del escritor homicida. En las oficinas de la RAE caen sospechosos todos los días, pero todos son liberados.
Es inútil.
Nadie puede describir la apariencia del asesino.

28 marzo 2014

Palabreándote

           Siempre fuiste buena con tus manos. Dibujabas, hacías música… eras buena en el arte. Me regalabas dibujos. Yo todo lo que podía hacer por vos era entregarte cuentos, cartas, poesías… No sabía hacer otra cosa que ejercer la más bastarda de las artes, ya que si intenté hacer obras plásticas, no me atreví casi a dártelas por lo desastroso de su elaboración.
       
            Hoy me puse a ver lo que me diste. Tenías un trazo tan fino, tan preciso. Una línea que sabía qué hacer con un lápiz, que no descuidaba un segundo ningún detalle. Sentí un poco de envidia. Leí mis escritos, luego. Tuve tanta vergüenza ante la diferencia substancial entre ellos que pensé en comenzar un ambicioso proyecto.

            Tomé un lápiz y poniéndome frente a mi cuaderno, tracé tus palabras. Primero un contorno, suave, redondeado. Palabras delicadas y suaves para tu cuello, tu cabello, tus manos, todas aquellas que me hacían quedarme admirado por horas; y otras más pesadas y vulgares para tus pechos, tu sexo y tus curvas, que me hacían perder el pudor constantemente.

            Relajando un poco mi estado, me alejé un poco para contemplar mi obra. No estaba mal, pero todavía faltaba mucho. No podía dejar de mencionar ciertos aspectos, como la pequeña cicatriz entre tus costillas, tus pequeños pies, dedos. Palabras silenciosas y elocuentes a la vez me hablaban de tu boca, y de tu voz no pude hacer más que frases risueñas, finas como cinta de seda.

            Lo complicado fueron tus ojos. Los ojos son la ventana del alma, decía no se qué escritor, filósofo, vieja de barrio, etcétera. Siguiendo ese principio, no podía sólo limitarme a trazarlos. Debía darles su carácter. Usé frases profundas, conectores significativos y adjetivos simples e indescriptibles. Todo lo que callaban las palabras de tus labios, todo lo que no puse en ellos, lo plasmé en tu mirada, en tus párpados, la 
forma en que tus cejas se mueven y palabras saladas, mojadas en tus lágrimas.

            Me pasé meses en eso. Por días no pude casi terminarlo, frustrado, atrapado y a veces estando a punto de borrar todo y empezar de nuevo. Finalmente terminé tu aspecto.

            Pero faltaba algo.

            Hice algo bajo tu figura. Tus inseguridades. Tus miedos. Escribía con pasión sobre tus aburrimientos y tedioso tus amores. Escribí cómo dabas vueltas en la cama cuando te despertabas y cómo te ponés cuando te comparan con otra persona. Cómo es que pedís un abrazo y cómo sos cuando te enojás. Lo que te gusta, lo que odiás.

            Puse todo. Puse lo que amo de vos, lo que odio de vos y lo que no me molesta tanto.

            Me llevó años,  pero lo terminé esta mañana.

            Y ahora puedo ver tu expresión cuando ves cómo te dibujé con mis palabras.

Las otras

Esta idea se me ocurrió cuando estaba en la cama con mi mujer. Era temprano a la mañana, y miraba el techo mientras la luz de la mañana todavía no alcanzaba a entrar por la ventana. Sentía mi boca pastosa, el cabello grasoso y mi erección matutina empujaba las sábanas, como desperezándose, pidiendo una excusa para volver a descansar. Me di vuelta a mirar a mi esposa. Ella dormía casi profundamente. A cada rato temblaba ligeramente, desnuda bajo las sábanas. Iba a despertarla para atender a ese pedido de descanso que venía de mi entrepierna, pero cambié de idea. Temía una negativa, o un rechazo, o una discusión que no deseaba escuchar. Cualquiera sea el caso, todo parecía demasiado problemático por una petición que podía satisfacer yo mismo.

Poniendo manos a la obra, literalmente, me entregué a la tarea. Cerré los ojos y dejé que mi imaginación volara y que mi mano marcara el ritmo. Sin embargo, al cabo de un rato, desistí. De todos los escenarios que cruzaban por mi mente en ese momento de autosatisfacción, en ninguno de ellos estaba la persona que descansaba a mi lado. Avergonzado, comencé a reprochármelo: ¿Cómo podés hacer esto? ¿Es que no tenés corazón? Esta justo al lado tuyo ¿Qué pasaría si se enterara de que no estás pensando en ella? Te dejaría…

Luego no pude evitar que esa línea de pensamiento se continuara en un escenario imaginario en el que, en mi mente, yo había engañado a mi mujer con todas aquellas otras de mis fantasías. Se lo confesaba en una mesa del patio de comidas de algún shopping.

-¿Y? ¿Qué me querías contar? – me preguntaba mientras bajaba la hamburguesa de McDonald’s y jugueteaba con las papas fritas. Yo, por mi parte, tomé un trago de la Pepsi que venía con lo que sea de porquería que me tapaba las arterias y la miré.

- ¿Viste que hay veces en las que no estoy, que digo que tengo que corregir parciales, que me junto con la banda o que tengo reunión de cátedra?

-Sí… - me dijo mientras la sospecha se alzaba poco a poco en sus ojos marrones

-Bueno… no es tan así. Ninguna de esas veces

- ¿A qué te referís con eso? – Ya las lágrimas empezaban a aflorar, pero sonrió, como queriendo convencerse de sólo se imaginaba lo que le iba a decir.

Respiré hondo.

- A que te engañé. Te engañé. Te lo digo así, clarito, porque no encuentro una forma educada o suave de decírtelo.

- Pero… ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Con quién…? – La voz le temblaba y se le quebró en varias ocasiones, pero logró mantener la compostura.

Yo procedí a explicarle todo. Se lo dije con una voz tan inexpresiva que me hizo sorprenderme de mi frialdad. Le dije que hace rato que ya no la deseaba. Que por eso no me dio vergüenza o culpa hacer nada de lo que hice. Le dije que no se tenía que sorprender, porque yo había traicionado a otra mujer antes. Le conté de las veces que lo hice. Con quiénes. Con mi ex, con mis amigas, con sus amigas, con mis compañeras de trabajo… Dónde… En la ducha, en nuestra cama, en el auto, en el parque, en el baño del bar, en la oficina de la facultad… Yo seguía hablando a la vez que ella lloraba y sollozaba y yo hablaba y me explicaba y ella sollozaba y me reía y ella corría y le gritaba y me burlaba y…

- ¿Amor?

               Ella se había despertado y me había sacado de mi ensoñación. Entrecerraba los ojos y me miraba con preocupación.

- Te estaba diciendo buen día pero no me contestaste. Estás como zombi ¿Pasa algo?

               Yo le acaricié su pelo negro, increíblemente sin despeinar.

- Nada, amor, no pasa nada.

- Bueno, aparentemente sí pasa algo – dijo mirando mi entrepierna con una sonrisa.


               Yo la besé e hicimos el amor. Mientras lo hacíamos, volví a engañarla. Y quizás ella me engañaba también.

29 diciembre 2013

Aku

               Fue al despertarte. Abriste los ojos  y te desperezaste. Por la ventana entraba la luz de un amanecer carmesí. Bostezaste y te estiraste a la mesa de luz para buscar fuego. El reloj digital marcaba las seis y cuatro de la mañana. Te sentaste en la cama y desde la radio sonaba un tema de los Doors que te hacía acordar a cuando eras adolescente y te robabas el Falcon rojo de tu viejo para salir de joda con tus amigos.  Eso era cuando recién empezabas a tomar… sangría fue lo primero, que tu compadre preparaba en botellas de Fanta naranja con Termidor. También fue la época en la que empezaste a fumar.
               Con eso se cortó el hilo de tus pensamientos y te volvió el ansia. Abriste el cajón y sacaste el mechero. Los puchos estaban en el bolsillo de tu saco, al lado de la puerta de la habitación. La calidad del hotel (bah, digamos, del telo) era ligeramente superior a su precio, lo que no era mucho decir. Te recostaste contra el dintel, entre los focos infrarrojos que hacían parecer todo como un gran cuarto oscuro. Mientras fumabas, pensabas en el patético intento de las luces de infundir erotismo al tiempo que cubría las manchas duras en el suelo y en el acolchado. Por un segundo, te hipnotizaste viendo las volutas de humo que flotaban en el calor húmedo de la habitación. Las viste formar figuras imposibles, oníricas y surrealistas.
                 Al rato te aburriste y por detrás de la cortina, la viste acostada en la cama. El sudor se condensaba en su piel pálida, casi gris, y la sábana le cubría solamente los pies y una pequeña porción de sus hombros. Te fascinaba su cabello del color del fuego, que surgía de su cabeza y se extendía bajo su cuerpo como un lecho de lava. Parecía chorrear en el piso de tan abundante que era. Mientras te entretenías en esas contemplaciones, los recuerdos de la noche anterior pasaban vivos por tu cabeza: labios, lenguas entrelazadas, dos cuerpos que eran uno, labios rojos otra vez, una agonía, un sentimiento frío y una explosión de placer. Era todo lo que te venía a la mente en ese momento. Inocentemente, atribuiste la pequeña amnesia al vino tinto y a la pepa que compartieron la noche anterior.
               Con un bostezo te enderezaste. Tus pies descalzos acariciaban la alfombra cerúlea, haciéndole desprender pequeñas tormentas de polvo que se adherían a tu piel desnuda. Deslizándote lentamente a través del calor, fuiste hacia el baño. A cada paso que dabas, a cada segundo, tu cabeza viajaba. Cada lento siglo de tu movimiento te llevaba cada vez más cerca de la puerta bordó. Empujaste el frío picaporte y entraste.
               Tropezaste con los azulejos húmedos y caíste al suelo. Al enderezarte, apoyándote en el lavatorio, sentiste el fuerte olor a putrefacción que salía de quién sabe dónde. Abriste el botiquín (que parecía no tener espejo), pero ahí no estaba la causa. Luego bajaste la vista a la pileta de porcelana blanca. Entre los caños, entre el óxido de las griferías, había manchas. Manchas rojas. Por los bordes blancos del sumidero bajaban líneas rojizas que desaparecían en la oscuridad del desagüe. Con asombro y algo de miedo, quizás, seguiste el rastro bermellón que se arrastraba desde la entrada del cuarto hasta la bañadera. La cortina estaba manchada del mismo color que el resto del cuarto. Rojo. El olor a podredumbre era más fuerte allí, incluso. Con manos temblorosas, corriste las cortinas. Y si no vomitaste, fue porque tu estómago estaba vacío.
               En ese momento comprendiste todo. Los recuerdos fugaces eran algo más que una noche de sexo lisérgico. La piel de ella era pálida, casi gris, por una razón. Lo rojo que la envolvía y chorreaba en el suelo no era su cabello. Comprendiste el olor a putrefacción. Comprendiste el no verte en el espejo. Comprendiste el rojo. Todo el rojo
               Viste tu cuerpo en la bañadera, prácticamente sumergido en un líquido casi negro formado de tus fluidos corporales. Viste tus facciones putrefactas al punto de que sólo te reconociste gracias al tatuaje en tu hombro derecho. Viste las venas de tus muñecas abiertas a tal punto que tus manos colgaban apenas del hueso. Viste tu piel, tus ojos, tu boca, recorridas por moscas que se alimentaban de tus restos muertos y podridos en el húmedo aire de verano. 
Fue entonces cuando, antes de desmayarte, te diste cuenta de que el rojo que había estado durante toda tu vida, ahora te acompañaba más allá de su final.

16 noviembre 2013

Confesión

“Hola. Perdón por no haberte hablado en tanto tiempo, pero son raras las veces que siento la necesidad de pasarme por acá. Digamos que no trae muy buenos recuerdos para ninguno de los dos, ¿no? Como sea, hay muchas cosas que quiero decirte. Quizás lo debería haber hecho antes. O quizás nunca, se me hace que te rompo demasiado las bolas con este tema. Bueno, lo importante es que vine, y ya que estamos, te lo voy a decir. Tranquila, no me voy a quedar mucho. Un ratito nomás y te dejo de joder.

Hoy me senté a ver el álbum. Ese viejo álbum que tiene las fotos de esa vieja época, cuando jugábamos juntos, ¿te acordás? Na, seguramente no. O sea, yo debo ser el único de los dos con esas inquietudes. O sea, imaginate. Pasaron años de eso. Yo estaba muy distinto entonces. Era más bonito. Pero vos seguís estando igual. Al menos sé que siempre lo vas a estar en mi cabeza. El punto es que mientras pasaba las fotos me di cuenta que cuando las veía no podía recordar… el sentimiento. No se me ocurre la razón, pero a medida que miraba las imágenes, parecían cosas que le habían pasado a otra persona hace mucho tiempo atrás, alguien que conocí junto con alguien que nunca llegué a conocer bien. Eran dos extraños sonriendo en una lámina de cartón.

Eso me hizo acordarme de algo que hablé con una chica my especial hace poco. Si la conocés y todo. Le conté lo que me pasaba y ella me dijo lo que había visto. Cómo éramos nosotros. Que parecíamos desconocidos, porque ninguno sabía nada del otro. Estábamos juntos, no “amábamos”, pero no nos conocimos. Y me di cuenta que en algo tiene razón. Siempre que quise saber algo de tu vida, me esquivabas la pregunta o me dabas respuestas vagas. Igual que vos nunca me preguntabas cosas sobre mí.

Y tuvo que pasar eso. Tuve que hacer esa cosa horrible para que te des cuenta. Recién cuando nos separamos, empezaste a interesarte. Escuchaste los discos que te di. Te tomaste el tiempo de leer lo que te escribía. Empezaste a aparecer en mi vida como no habías estado antes, y me forzabas a estar en la tuya. Pero lejos de hacerme feliz, eso me entristeció. Porque pensé que tal vez todo podría haber terminado bien si hubiéramos sido capaces de romper ese muro entre los dos.

Eso me hace preguntarme ¿Qué fui yo para vos? ¿Un amigo? ¿Una pareja? ¿Un trofeo? Esas cuestiones daban vuelta por mi cabeza. No las soportaba. A pesar de todo, no podía dormir por tras de eso. Y ahora que te maté, no voy a poder saber más la respuesta.

Pero eso ya no me importa. Lo que quería decir es que ya es tarde para querer reparar las cosas. He seguido adelante y creo que soy feliz, a pesar de todo. Nada dura para siempre y mucho menos lo nuestro. Pero siempre me voy a acordar de vos con algo de cariño.

Ahora me voy. No creo que volvamos a vernos.”


El cadáver salpicó un poco de escarcha cuando el hombre salió, cerrando la puerta del freezer.

26 octubre 2013

Monocoloquio

- ¿Hay alguien?
-Sí, estoy yo ¿A quién esperabas?
- No, no sé… por ahí había alguien más y tenía ganas de escucharlo
- ¿Qué? ¿Te cansaste ya de mí?
- No, no es eso. Es que tanto tiempo acá, solos, me…
- ¿Te qué?
- …me aburre un poco
- Bueno, es común. Tanto tiempo solo con la misma persona es agotador.
- No, no digás eso
- ¿Por qué? Es la verdad. El ser humano no se hizo para vivir todo el tiempo con una sola persona, y vos lo sabés. Primero es todo entusiasmo, si la persona te cae bien. Luego es vacío. No hay nada qué decirse. Luego es aburrimiento. Que se convierte en bronca. Luego en odio. Y eventualmente uno le saca los ojos al otro con una cuchara.
- Sí, puede ser…
- Más vale que puede ser…
-…
-…
- Aunque no siempre
- ¿Por?
- Yo no te tengo bronca.
- Es porque nunca te caí bien, por eso.
- Nunca dije que me caías mal
- No, pero se te nota. Tenés una forma de mirarme que deja a traslucir tu desconfianza.
- …
- Y ahora me vas a dar la razón, como siempre.
- ¿Y qué querés que haga? No tenés idea cómo me revienta que siempre salgás teniendo la razón.
- Y sin embargo no hacés nada.
- ¿Qué puedo hacer?
- Podrías haberme matado hace rato…
-…
- … como dijiste que ibas a hacer…
-…
- ¿O te diste cuenta de la verdad?
-…
- Si me matás te quedas solo, campeón. Y si hay algo a lo que realmente le tenés miedo es a quedarte solo.
- Yo no tengo miedo.
- (Ríe) No, claro… vos nunca tenés miedo. No tuviste miedo por vos cuando se te vino toda la mierda encima. No actuaste por miedo cuando llegaste acá. No fue por miedo tuyo que yo estoy con vos.
- Dejate de joder ¿querés? Yo no puedo tener miedo.
- ¿Por qué no?
- Porque si empiezo a sentir miedo todo se va a poner incluso más para la mierda de lo que ya está. Si empiezo a tener miedo, no voy a poder evitar sacarlo para afuera. Y si lo saco, todos se van a dar cuenta de lo que soy.
- Un cagón
- Sí… No… Bah, no sé… Sé que a veces tengo miedo. Una persona sin miedo no es más que un impostor. No creo que sea un cagón. Tengo el mismo miedo que todos los demás. Sólo que cambia según la situación en que estés. En mi caso, ese miedo crece todos los días. Si no fuera por vos, se me iría todo al carajo. Y de ahí no hay vuelta atrás
- Ah, miralo vos… Al changuito le está funcionando la cabeza. Pero cuidarte de no usarla mucho, pensar en exceso hace mal. Si no mirá a todos los intelectuales. Todos se mataron o murieron solos y deprimidos.
- ¿Pero puedo hacer otra cosa acá?
- Podés hablar conmigo
- ¿Y eso de qué me sirve? Me deprimo, me siento para la mierda y  lo peor es la impotencia de tener que bancarte porque no tengo otra salida.
- …
- Ya no sé qué hacer…
- Bueno… si pudiera ver esta situación desde fuera, diría que mejor solo que mal acompañado, pero realmente no funciona, ya que nadie sabe lo que es estar realmente solo. Vos lo sabés, y te mata por dentro ¿no?
-…
- Parecido a lo que hiciste.
- ¿Qué?
- Sí, eso que hiciste. La razón por la que estamos acá, teniendo esta conversación.
- Callate...
- Ah, ¿no te gusta que te lo recuerden? Ya es tarde, papilo. Ya te mandaste la cagada, pecho.
- Te digo que te callés.
- Si me callo es lo mismo. No te podés ocultar de lo que hiciste. Tus manos están manchadas hace rato y no hay nada con lo que te las podás lavar.
- Hijo de puta…
- Uh, empezamos con las hostilidades ¿Me querés hacer pensar que súbitamente me odiás? No me podés odiar más que a vos mismo en este momento. Y digamos que es muy difícil.
- ¡CALLATE, LA PUTA QUE TE PARIÓ, CALLATE!
- ¿O qué? ¿Me vas a matar cómo a ellos?
- …
- Sé que no lo vas a hacer, te conozco hace mucho y además no ten…
- Andate…
- ¿Qué?
- Que te vayas…
- Creo que no estás pensando bien ahora...
- Estoy pensando perfectamente. No te necesito más acá. Si se me va a pudrir aún más la cabeza, prefiero que no haya nadie más para verlo.
- Vos sabés que lo voy a ver igual ¿no?
- No me importa.
- Te vas a arrepentir después.
- ¿Por qué?
- Porque si me voy… te vas a dar cuenta que siempre estuviste solo. Que nadie estuvo con vos en ningún momento. Que todo esto lo hiciste para no volverte loco, aunque no podés admitir que ya perdiste la cabeza.
- …
- ¿Seguro que esto es lo que querés?
- Dejame…
- …
- …
- chau, hermano.

               
       Y se fue. Se fue del lugar donde nunca había estado, dejando a la mitad una conversación que nunca había existido. Sólo dejó tras de sí, la soledad y la locura de un asesino.

15 octubre 2013

Cielo de Primavera

En el cielo, las grandes bestias se movían con una gran lentitud. Lentitud casi elegante. Proyectaban una sombra que tapa por completo al sol y hacían parecer el día nublado. Miré hacia arriba y vi como los grandes dragones surcaban el cielo, como danzando entre ellos, recorriendo en círculos un firmamento infinito. Mi cabeza daba vuelta una y otra vez tratando de abarcar con la vista ese gran espectáculo. Deseé tener ojos en la nuca para poder ver el cielo por completo y para que mi visión pudiera captar tal magnificencia. Empezaron a escucharse los rugidos, cada vez más fuertes; y sus grandes alas batían el aire a cada vez más velocidad. El viento se arremolinó a mi alrededor, levantando hojas, ramas, cardos. Los gruñidos de las gigantescas criaturas retumbaban en mis oídos cada vez más cerca. Cada vez más fuerte.

Comenzó a llover.

Desde dentro de la casa, mi vieja me llama.

Dejá de mirar las nubes que te vas a empapar, dice

08 junio 2013

Amor carnal a primera vista

Era perfecta. Apenas la vio, sintió como su corazón latía con fuerza y como lo enloquecía contemplar sus ojos, la cascada negra de su pelo, sus largas piernas y su piel blanca y suave. Lo había fascinado. Su belleza era celestial incluso bajo la luz de los fluorescentes.
Se sintió muy triste cuando se fue. La siguió. La encontró y esperó hasta lo noche para verla cara a cara (la vigilaban con mucho recelo). Movió tierra, rompió puertas, pero al fin pudo encontrarse con ella. Su cuerpo parecía brillar en la oscuridad de la habitación en la que estuvieron juntos. Él no pudo contenerse más. Mordió su brazo y empezó a devorarla lentamente, oculto por las sombras del mausoleo.

Día de la Madre

El cuarto estaba a oscuras, clausurado. La ventana estaba cerrada con tablas y el olor a cerrado era invasivo. El hombre arrojó el arma inservible y sostuvo a su hija en sus brazos. Trataba con todo su esfuerzo que la niña no note el miedo con el que observaba la puerta atrancada. La pequeña tironeó de sumanga y le preguntó:
- ¿Papi?
- ¿Sí, amor?
- ¿Cuándo se va a morir mamá?
El hombre no supo qué contestar. Los golpes empezaron a escucharse en la puerta

Más o Menos

Camino y me detengo; parado en medio de la plaza, y no sé por qué me acuerdo de vos. Es raro pero obvio que la duda me surja casi inmediata. Vos me conocés y te acordás que casi siempre se me da por filosofar, pero las cosas en las que pensaba eran muy ajenas. Y podés creer que justo ahora me agarra...
Se me ocurrió pensar qué pasa cuando se termina una relación, Y no sé cómo abordarlo, excepto con lo que nos pasó a nosotros dos, claro.
Me acordé cómo me ponía mal al principio. No aceptaba nada y tenía adentro tanta bronca y tristeza que con solo acordarme de tu cara me venían ganas de matarme. Con el tiempo creo que me puse mejor. Ya podía salir tranquilo a la calle y descubrir que la vida sigue. Que el hecho de que se termine un amor no significa que se termine el mundo, ni mucho menos. El no saber qué pasó con vos me ayudó también, supongo.
¿Ahora? No sé. El otro día me llamaste. Creo que tengo algo de nostalgia. Cuando me hablás te puedo responder con toda naturalidad. Pero hay algo. Algo que se impone después, como un silencio ominoso.

Te digo que estoy bien.

Aunque no sé muy bien cómo estoy.

10 abril 2013

Monstruo


               Encerrado. Acechado. Esa fue mi realidad. Toda mi vida he sufrido el acecho de una criatura que mora en los rincones más oscuros, que ha estropeado mi ser, mi existencia y todo lo que soy. Demasiado asustado para luchar contra ella, he caído en sus garras una y otra vez ofreciendo la menor resistencia posible, embriagándome en sus nocivas posibilidades, dejándome envolver por su malevolencia hasta quedar extasiado, horrorizado… ¿solo? Sus egoístas y seductoras palabras hacen que me envuelva a mi mismo en la negligencia, en el oprobio, y que aleje de mí a todos los que alguna vez amé  o me amaron.

 Pero no, no quiero. No quiero a la bestia, pero ésta no me deja ni a sol ni a sombra. Estoy a su merced, sometido a su voluntad y a sus caprichos.

               La apariencia del monstruo no me es extraña. Es solo otra cosa que me resisto a ver por el horror, la perversión, falsedad y obscenidad de su mirada. Porque, para ver la cara del monstruo, solo debo mirar un espejo.

26 marzo 2013

Bosque


Bosque


Hace ocho años vine a vivir a esta casa, que construyó mi viejo. El lugar en donde se encuentra está rodeado de vegetación. Justo atrás del alambrado que marca el fin del terreno hay una muy cerrada plantación de limones, que se extiende hasta un bosque, un enorme bosque, donde el viento silba por las noches entre sus ramas, como el lamento de un antiguo dios de la naturaleza. Lejos de sentirme asustado o amedrentado, su inmensidad me atraía como nunca.

Pasaba las horas allí, explorando, maravillándome por sus sonidos, aromas y colores y trepándome a las copas de los árboles, donde yacía como un hijo más de la naturaleza, contemplando la obra bajo mis pies y sumiéndome en mis pensamientos. Era un placer pasear por los túneles de vegetación y caer al arroyo cristalino, seguirlo hasta encontrar nuevos escenarios, lugares impensados y darse cuenta cómo lugares que parecían lejanísimos estaban al alcance de lo que parecían pocos pasos a través de aquella arbolada. Había compartido tanto con aquel sitio, que me sentía cada vez más allegado a su espíritu. Había sido el lugar que me había acogido en mis momentos de pensamiento más profundos, en mis horas de soledad más largas y en mis jolgorios más salvajes.

Todo cambió con el tiempo

El campo de limones fue abandonado por la citrícola. Con el tiempo, dejaron de cuidarlo. Más tarde, una constructora adquirió ese terreno y lo talaron por completo, dejando atrás una triste llanura de tierra antes fértil y los mutilados troncos de los pobres limoneros, con su sangre arbórea salpicando el suelo que antes los había hecho crecer. Cercaron todo para traer sus infernales máquinas que levantaron horribles edificios de concreto en su lugar. Pero no tocaron el bosque. Éste quedó del otro lado de la valla de alambres.

Si bien al principio me aventuraba a volver, con la llama de mi espíritu aún quemando por arribar, con el alambrado llegaron los guardias de seguridad y sus perros, lo que hicieron muy difícil el paso. Con el tiempo, mi pasión por ese lugar y la naturaleza se fue apagando, ayudado por la dificultad que proponía llegar, una ligera adicción a las nuevas tecnologías y la apatía sobre todo el asunto que suele llegarnos cuando crecemos. Me olvidé del bosque para seguir una vida monótona y aburrida de adolescente normal, sin ningún tipo de sorpresas ni más profundidad que un vaso de agua.

Entonces un día pasó. Tuve el sueño. Fue una noche en la que había una tormenta particularmente fuerte. El viento aullaba con una fuerza impresionante, volteando tejas y árboles. La lluvia inundaba los desniveles y golpeaba furiosamente contra las ventanas, y los relámpagos llenaban la casa con su resplandor de luz blanca cegadora. Esa noche encendí la radio e intenté dormirme con pésimo resultado. Estaba asustado. Me puse a leer para distraerme hasta que el sueño me venció y me entregó a una extraña realidad onírica.

No parecía haberme dormido. Mi habitación se veía exactamente igual y afuera la lluvia arreciaba, cada vez más fuerte. Nada parecía haber cambiado… excepto porque no podía moverme. Intenté levantarme de la cama, pero me fue imposible. Mi cuerpo estaba como aferrado a sí mismo por una película invisible, como si todo mi cuerpo, junto con mis extremidades fuera una sola pieza lisa, sin ningún tipo de apéndice. Intenté hablar, pero mis labios estaban completamente sellados, y mis cuerdas vocales se sentían llenas de arena. Lo único que podía hacer era mover mis ojos para ver a mi alrededor. Estaba asustado, pero no fue nada comparado con lo que sucedió después. Un relámpago iluminó la habitación por un segundo, y vi, en una esquina de la habitación, una figura. Al principio, pensé que era producto de mi imaginación, pero a medida que la tormenta se hacía cada vez más fuerte, los relámpagos aumentaban y la figura se acercaba cada vez más hacia mi cama… yo luchaba desesperado, en vano, por moverme, salir de mi cama, gritar, pero ninguno de mis miembros respondía. Al acercarse, pude ver con claridad a la… cosa. Era completamente… deforme… Su cuerpo era delgado, torcido… lleno de arrugas y nudos como un árbol. Su rostro era gris, con grandes ojos negros y pequeñas pupilas verdes que brillaban en la oscuridad. Puso su horrible y arrugado rostro tan cerca del mío que podía escuchar el quejido de sus huesos y sus arrugas… Por un segundo, no intenté nada, hipnotizado por su mirada… luego la criatura me quitó las sábanas, dejando descubierto mi pecho. Intenté, enloquecido, zafarme. Sentía mis cuerdas vocales desgarradas por el esfuerzo. Podía jurar que la criatura sentía mi desesperación, pero sus movimientos tan lentos y pasivos me aterraban y aceleraban aún más. Con premura, puso uno de sus largos y afilados dedos sobre mi pecho y empezó a recorrerlo, desgarrando mi piel allí donde la tocaba… Los gritos al fin salieron de mi garganta, desgarradores, aterrados, al mismo tiempo que la tormenta destrozaba mi ventana y un remolino de hojas, viento y agua entraban en el cuarto como un huracán…

Desperté cubierto de sudor… la tormenta había pasado y mi cuarto estaba exactamente igual que siempre. Aliviado, me volví a acostar, aún tembloroso por la pesadilla. Giré en la cama e inmediatamente sentí un dolor agudo en mi lado derecho. Curioso, me levanté y me vi en el espejo… para ver una cicatriz en forma de un carácter extraño en el mismo lugar donde me había tocado la criatura del sueño.

Creo que me desmayé…

Todas las noches fueron así. Tenía terror de dormirme, por miedo a soñar de nuevo con esa figura terrorífica. Cada vez que intentaba hablarle a alguien de ello, no podía, me acompañaba la misma sensación que durante el sueño, esa sensación de no poder hablar, de no poder moverme. Empecé a probar que darme despierto, pastillas y drogas para dormir sin soñar… probé todo, pero fue en vano. Todas las noches era vencido por el sueño. La criatura llegó una y otra vez, marcando todas las noches otra letra en mi pecho, mientras yo no podía hacer más que observar con horror e intentar retorcerme de dolor, sin conseguirlo.

La última noche llegó, y con ella, la más intensa de todas mis pesadillas. El monstruo apareció, pero fue distinto. En lugar de aparecer desde la esquina, como siempre, apareció junto a mi cama, observándome con sus ojos verdes, fijamente clavados en los míos. Yo estaba hipnotizado, ni siquiera intenté hacer nada cuando garabateó la última letra en mi pecho. Luego, habló. Habló con su redonda y negra boca, similar a los nudos de la corteza de los árboles, y su voz era como el crujido de mil selvas, como el chillido de animales moribundos:

“Nadie… escapa…”

               Hoy ya no sé qué hacer… mi vida es un infierno… Las noches son lo de menos… pero durante los días es cuando más sufro. Me persigue… adonde sea que vaya, esa cosa, ese monstruo, siempre está ahí, observándome. Nadie más que yo parece verlo, y temo haber perdido la razón… y de repente comprendo. Comprendo el mensaje grabado en mi pecho. Entiendo todo, todo. Mi risa de desquiciado retumba en las paredes de mi abandonado hogar, y destrozo todos los espejos de casa, lastimando mis manos, mientras el monstruo de tronco me observa, impasible. Una vez todos destruidos, continúo riendo mientras con la sangre de mis manos escribo en la pared las mismas, las mismas palabras en mi pecho, esa escritura que me condenó, por ese ser que me llevó a la locura. Y cuando finalizo, con los últimos estertores de mi risa, siento mi vida escaparse entre mis manos tan rápido como mi cordura. Me desplomo sobre el suelo mientras la criatura murmura con la voz de los dioses del bosque, como el viento silbando entre las hojas de los árboles y contemplo las palabras escritas en carmesí:

“Nunca dejes el bosque”

10 junio 2011

Carta a Vos mismo

¿Nunca lo imaginaste, verdad? No, por supuesto, no podías verlo venir. Nadie pudo. Pero ahora te ves a vos mismo envuelto en algo de lo que no vas a poder salir sin perder. Te lo advertí. Desde el principio te lo dije. Te dije que deberías haber hecho. Adonde deberías haber pisado. Qué lado deberías haber abrazado. Pero no. Nunca me haces caso, ¿verdad?
                Típico. Nunca lo hiciste ¿Hace cuantos años que te conozco? ¿Seis, siete años? Y aún así te conozco mejor que vos mismo. Es increíble.
                Cuando empezaste a ignorarme, es el momento en que menos deberías haberlo hecho. La cagaste. Una y otra vez. Diste un paso en falso después de otro. Incluso cuando empezabas a hacer las cosas bien, inevitablemente hacías algo que tiraba por tierra todo lo que habías logrado.
                La traicionaste. Lo sabes. Y se que te carcome por dentro. Puedo ver lo que te pasa. Soy parte de vos y veo como cada vez que repasas el momento en que fallaste, te invade un sentimiento de asco hacia vos mismo. Te detestás. Y me detestás. Porque sabés que yo tenía razón. Siempre lo supiste. Pero decidiste ignorarme, por el solo hecho de que pensabas de que podías hacerlo solo.
 No podés. Esa es la verdad. Nunca pudiste. Para algo estoy yo aquí. Aparte de que nos odiemos mutuamente, tenés que recordar que dependemos uno del otro. No podes existir sin mí así como yo sin vos no existo. Somos uno. Siempre lo fuimos.
                Ella lo sabía. La otra también… nunca lo pensaste. Esos sentimientos que quedaban dentro tuyo se fueron de control, ¿no es cierto? Aguantaste bien. Hasta que se salió de control. Y una vez que empezaste no pudiste parar. No podías. Veías lo que pasaba, pero era como si no fueras vos. Como si vieras un film, y vos solo fueras un desafortunado espectador. Nunca quisiste hacerlo. Al menos te diste cuanta de lo que sucedía y frenaste antes de que fuera demasiado tarde. El problema es que la culpa por haberlo siquiera intentado te va a perseguir. SIEMPRE.
                Pero ahora tenés que callar. Tenés que cerrar la boca, sonreír y seguir adelante. Eso nunca sucedió. No es verdad. Fue solo una pesadilla. Te vas a dar cuenta con el tiempo de que todo fue una farsa de tu mente. Si nunca pasó, nunca lastimará a nadie, ¿verdad?
                Ya tocaste fondo. No sabés que hacer con eso. Es difícil, lo sé. Pero lo mismo tenés que levantar la cabeza y seguir adelante. Porque no hay otra. Y quiero que sepas que voy a estar ahí para ayudarte. Si algo aparece por ahí a joderte, voy a salir a reventarlo, que no te quepa la menor duda. Porque te necesito. Ya aunque no lo admitas, me necesitas.
Nos vemos afuera
Joaquín

08 abril 2011

Nada

El anciano señor Fernández miró sus manos arrugadas… miró el polvo acumulado a su alrededor. Observó con la vista cansada los desvencijados volúmenes en los estantes en las paredes del cuarto.
“Hoy son cuarenta años” se dijo con la voz ronca, arenosa. Lo curioso es que, por más que hiciera memoria, no recordaba qué había ocurrido hace cuarenta años exactamente. Su memoria llegaba solo hasta lo que había ocurrido esa mañana. Recordaba otros detalles de su vida: sabía que se encontraba en su casa. Tenía la certeza de acordarse de su nombre, de los días de su juventud, de su cumpleaños número cincuenta y cuatro… Lo que ignoraba era lo ocurrido en los últimos años. Era como si su memoria hubiera estado envuelta en bruma por un largo tiempo.  Como si sus recuerdos más recientes se hubieran convertido en una nebulosa gris y por más que buscara en ella solo encontraba voces distantes, colores sueltos, rostros indistintos y ninguna sensación cálida. Solo un recuerdo era completamente nítido:
            Desde una ventana de su casa, Fernández observaba a una mujer. Ella vestía un abrigo marrón y llevaba un par de valijas en las manos. Caminaba apresuradamente hacia un Ford Falcon azul que estaba estacionado frente a la calle. Su pelo marrón se movía acorde a ella caminaba a paso apresurado. Abrió el baúl del auto y puso allí las valijas. Luego giró hasta ver directamente hacia los ojos de Fernández, como si ella supiera… no, fehacientemente sabía que él estaba allí. Su rostro pálido era bello, pero triste. No sería mayor de cincuenta años. Él pudo ver como las lágrimas resbalaban de sus ojos castaños. La vio susurrar una palabra… “perdóname”…
            La imagen se fue tan instantáneamente como llegó, como si fuera una cinta de película rota. Las preguntas empezaron a agolparse en la mente del anciano. Preguntas que sabía que no tendrían respuesta.
            Se levantó de su silla. Sus rodillas crujieron como bisagras oxidadas, provocándole un relámpago de dolor intenso. Con un gemido ahogado, cayó al suelo, sorprendido. Esa era la primera vez que le pasaba… al menos que él pudiera recordar. Desde el suelo pudo ver el bastón bajo la silla. Se arrastró hasta asirlo y así pudo enderezarse.
            Ahora, finalmente de pie, pudo caminar con dificultad (sentía punzadas de dolor en la pierna izquierda, probablemente por la caída). Cruzando la puerta, llegó a la sala de estar. Los grandes ventanales, otrora hermosos, ahora dejaban entrar poca de la luz del día nublado a través de sus mugrientos cristales. “Los malvones solían ser preciosos” recordó con tristeza don Fernández observando las macetas junto a los ventanales. De sus plantas solo quedaban guiñapos marchitos que caían tristemente al suelo.
            De repente su mirada se vio atraída por un lugar en el salón. Contra una de las paredes, estaba clavada una pequeña estantería de madera. Sobre ella había varias fotos. En ellas aparecían él, unos niños y varias personas que no pudo identificar. Una le llamó la atención. Era él, lo sabía. Habrá tenido unos treinta años en la foto. Estaba en un prado, sonriente. Estaba abrazado a una mujer… la mujer del recuerdo…
            Lo triste de esta historia es que Fernández olvidará todo esto al día siguiente. Su Alzheimer le carcome la mente cada vez más. El no lo sabe. Nunca lo sabrá. Nunca averiguará que él una vez tuvo familia. Que fue feliz. Que tuvo amigos. Nunca sabrá que su edad actual es de ochenta y siete años.
            Nunca sabrá que su esposa lo abandonó en su casa, huyendo en el Falcon que él ya no podía conducir por el avance de su enfermedad, hace exactamente cuarenta años.

04 abril 2011

Delirio

¿Saben que? Jodanse. No quiero sus palabras de consejo ahora. Es muy tarde. Ya nada de lo que digan o hagan puede impedirme que haga lo que debo hacer. Ya estoy lejos de toda ayuda. Incluso de ayudarme a mi mismo. Ya no puedo volver atras... no puedo... simplemente no tengootra opcion mas que la de seguir.
Si, es descabellado. Mi acto de a continuacion es enfermo, bizarro, asquerosamente vil, pero... ¿Quienes son ustedes para juzgarme?¿Acaso piensan que yo quise terminar asi?¿Acaso piensan que de haber sabido como acabaria todo esto, no habría escapado cuando tenia la oportunidad? "Siempre hay una oportunidad"... ¡¡¡MENTIRA!!!  Si solo ustedes supieran por lo que tuve que pasar, lo que me hizo hacer esto. No tienen la más minima idea de lo que es mi vida, mi calvario, mi Infierno.
Quitarme la vida no ayudará en nada. Incluso en los momentos mas profundos de mi locura, esa idea cruzó por mi cabeza, como un alivio a todo este pesar, todo este veneno que me corroe la razón, pero eso solo haría mi situación más insostenible...
Yo no queria esto... no quería... ellos me obligaron... tonto, imbecil, ciego. Debi haberlo sabido. Debi haber sabido que en sus manos solo me convertiría en una pieza de ajedrez, una marioneta sin voluntad, empujada por manos impiadosas a cometer los actos mas impíos imaginables por el ser humano.
Hoy es mi última noche. Cumpliré con este último acto y será todo. Desde que supe lo que tenían planeado hacerme cometer, no pude dormir. No pude ni siquiera mirarme al espejo. Si ahora lo que queda de mi persona es una cascara vacía de lo que solía ser un ser humano ¿qué sera de mi una vez que termine todo esto? Si hubiera algun Dios que pudiera ayudarme, rezaría. Pero mi vida es la prueba de que tal ser superior no existe.Y si existe, no le preocupamos.
Oh, no. Es la hora. Debo hacerlo. Sino, las consecuencias serán peores. Mierda, no quiero hacerlo ¡¡¡¡NO PUEDO!!!! Pero debo... y se que estos son mis últimos momentos de cordura...